Antes de que todo empiece

Os conocisteis; una noche de sábado, un martes cualquiera… amigo de unos amigos, uno más entre un grupo de tantos. Le miraste y te confesaste que no era uno más. Pasas el tiempo discreta, sin destacar su presencia y al final de la noche en la normalidad de quien acaba de conocerse intercambiáis los teléfonos.

Llegas a casa y esperas ese mensaje que sabes que no va a llegar, el que diga que «ha sido un placer conocerte», el que te demuestra que tu tampoco eras una más. Pero ¡sorpresa! el mensaje llega y tu respiras tranquila sobre tu cama, sonriendo, pensando que contestar, sabiendo que una pieza se acaba de mover. Él ha movido su primer peón.

Pasan los días entre mensajes amistosos en los que os vais descubriendo y compartiendo. Un encuentro espontaneo, un café mientras haces unos recados… todo tan casual que aunque tú ya sabes que no lo es, la realidad te convence. Y llega el fin de semana, volvéis a compartir anonimato entre el grupo de amigos. Un pequeño secreto que sin proponéroslo habéis pactado. Ya tenéis vuestro primer secreto. Habla de su semana, comparte anécdotas que tú ya sabes, porque eres la privilegiada que ha leído su día a día en tu móvil mañana, tarde y noche. Pero le escuchas atentas como si fuese la primera vez, mientras todos los poros de tu piel transpiran una sonrisa.

Las horas y la oscuridad os regalan roces discretos, miradas que duran tan poco que parecen una eternidad y de pronto te ves a ti misma mirando su labios, como si en ellos hubieses descubierto el centro de la tierra, tu propio hogar. Te quedas colgada a su boca, que está a varios metros de ti y saboreas ese beso húmedo. Vuestro primer beso, el que no ha sucedido pero ya existe. Brillas, levitas… sus labios te han condenado y ya no existe la noche, no existes tu, solo esa caricia húmeda que se ha convertido en tu razón de vida.

Pero las horas pasan y la noche termina, toca decir adiós. Le sientes cerca, sabes que el quiere acercarse a ti, vuestra mente intenta trazar un plan que os permita veros a solas y regalaros vuestra despedida.

Os miráis, reconocéis las intenciones. Pero pasan los minutos, los amigos os reclaman y os decís adiós con los dos besos que formalizan vuestra situación de recién conocidos. Una despedida «normal» llena de matices; una mano en la cadera, un suspiro al pasar por delante de su boca, un caricia que traspasa la tela de la camiseta, un escalofrió y el vacio del adiós.

Un final que acaba de indicar un comienzo, un adiós que ha dado paso a un hasta mañana. Tú y yo,  a solas. Un secreto hecho carne, un beso con sabor a el, con sabor a ti.

Imagen: Pinterest

Autor: Alaitz As

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