La culpa, ¿cómo aprender a gestionarla?

¿Eres de los que suele echar la culpa a los demás? ¿o más bien eres tú el que siempre se siente culpable? Tanto en un caso como en otro,  déjame decirte que la culpa no sirve para nada positivo. Todos conocemos el sentimiento de sentirse culpable, pero no todos saben que es un sentimiento aprendido. Sí, lo aprendemos desde pequeños. Y no sólo es aprendido, si no que además está bien visto, y mientras siga así será difícil desprenderse de él.

A nadie le miran mal si se siente culpable, hasta despierta cierta ternura en los demás. De una forma muy sutil, debajo del sentimiento de culpa se esconde un “mirad que bueno soy, siento empatía por el otro”, pero cuidado, esto es un maquillaje del cual a veces se abusa. Sintiéndonos culpables nos sentimos mejores personas, porque nos libera de la carga de sentirnos mal con nosotros mismos por no haber obrado bien, y en vez de responsabilizarnos de lo que hemos dicho o hecho, nos sentimos culpables, es más fácil así.

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La sociedad, y sobretodo la iglesia católica nos ha enseñado que es de buenas personas sentir culpa, que la culpa dignifica al hombre, y hay que sentirse culpable hasta si nos va bien, si tenemos dinero, buena salud, o muchos amigos… Sólo porque hay personas que no gozan de ello. Está tan arraigado que a veces la culpa no nos deja dormir.

¿Habéis visto alguna vez a un animal sentirse culpable? Exacto. No hay que confundirlo con la compasión. Todos tenemos en nuestro interior la capacidad de sentir compasión, hacia nosotros mismos y hacia los demás. Podemos ver la tristeza del otro y sentir un impulso de cuidarlo, ayudarlo o consolarlo. Y esto sí es un sentimiento innato, instintivo, que además estaría bien que ejercitáramos un poco más. Pero la culpa no sirve de mucho; mejor hacerse responsable de lo que hemos hecho mal, reconocerlo, aceptarlo y pedir perdón, desde el corazón. Nada libera más que eso.

¿Y cómo se hace esto?

Pongamos de ejemplo una discusión con un familiar, por ejemplo con nuestros padres. Muchas veces los padres se sienten culpables por no haber dado suficiente o por haber dado de más a sus hijos. Los hijos, a su vez, se sienten culpables por no cumplir las expectativas que sus padres tenían con ellos. Y esto a la larga pasa factura, y genera conflictos. Las discusiones de este tipo suelen estar llenas de reproches, reclamos, y justificaciones. ¿Cuántas veces hemos dicho: “si tu no hubieras hecho tal cosa, yo no habría actuado así!”? o “soy como soy gracias a vosotros, me educasteis así”.

Podemos poner la responsabilidad fuera todo lo que queramos, pero si después de la discusión, pasan varios días y aún hay algo que nos está incomodando o comiendo la cabeza, es porque sabemos que parte de la responsabilidad es nuestra. Que no sólo fui una víctima de la discusión, si no que también hice algo para herir al otro.

Si no sabemos cómo acercarnos a la otra persona o cómo resolver el conflicto, lo mejor es ser honestos, hablar desde mí y expresar cómo me siento. Saber comunicarse es lo más importante. Un buen comienzo sería decir: “mira, no se porqué pero me siento mal, triste, culpable, incómodo, enojado – o como nos sintamos en ese momento – y no quiero sentirme así, así que si hay algo que podamos solucionar hablando me gustaría intentarlo”.

Desde esta actitud humilde es mucho más fácil resolver cualquier conflicto. Nadie aparta la mirada de un corazón abierto. Además, la culpa es más fuerte cuando queremos mucho a la otra persona y esto a veces nos dificulta más pedir perdón, ¡cuando tendría que ser al revés! Por eso es mejor poner la culpa en palabras.

Expresadla de la manera que podáis, ya sea hablando, escribiendo o llorando. Pero expresadla. Y sobretodo, haceros responsables de vuestros actos.

Imágenes: devivencias, psicoactiva

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Autor: Ayelén Muzo

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