Vencer el miedo: aprender del pasado para vivir un presente mejor

Queremos convencernos de que nos sentimos muy seguros de nosotros mismos pero no siempre lo conseguimos. Nos persigue una sombra, la sombra de la inseguridad, es decir, la desconfianza en nuestras propias capacidades o el miedo a que algo terrible pueda pasar.

Para combatirla, como hacen los animales, huimos, nos defendemos o, muy a menudo, nos paralizamos. No son malas respuestas, al contrario. Muchas veces pueden ayudarnos a sobrevivir, ya que hay peligros que son reales o situaciones en las que nuestras capacidades no alcanzan y tenemos que retirarnos de la partida. El problema llega cuando nuestro instrumento interno, ese termómetro, brújula, radar o sensor que nos advierte de los peligros y nos ayuda a calibrar los escenarios en los que nos movemos, está estropeado, pendiente de revisión, o se ha quedado obsoleto y ha llegado la hora de cambiarle alguna pieza que lo actualice. 

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Es normal que a lo largo de la vida aprendamos a tener miedo de los otros y a desconfiar de nosotros mismos en unas situaciones determinadas. Esto, en su justa medida, indica que somos seres prudentes y humildes. Sin embargo, es importante que impidamos que ese aprendizaje se vuelva rígido. Aquello que nos pasó de pequeños seguramente no tiene nada que ver con lo que tenemos que enfrentar ahora, igual que el reto del año pasado es diferente del reto del año que viene. Y si son iguales, debemos reciclar lo que sea útil del pasado para poder reutilizarlo ahora.

El trabajo, las relaciones, la vida cotidiana nos enfrentan a multitud de situaciones en las que nuestro termómetro-brújula se pone a prueba. Es probable que en aquella entrevista de trabajo dieras por enésima vez la respuesta inadecuada, pero no es el fin del mundo ni tienes que fustigarte por ello pensando que eres incapaz de responder lo que hubiera dicho cualquiera: seguramente lo hiciste por buenas razones, aunque no te lo parezca, y lo más seguro es que con cada error te hayas entrenado para la siguiente vez, en la que serás capaz de brillar mucho más.

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Quizá no has colgado un cuadro en tu vida o no has arreglado jamás un grifo ligeramente estropeado. Eso no significa que seas una inútil, sino que probablemente siempre has tenido a alguien que lo hiciera por ti y, además, que como humana que eres no sabes de todo. No es obligatorio ser perfectos; simplemente, si te molesta ser así, date cuenta la próxima vez e intenta hacerlo por ti misma antes de recurrir al comodín de la llamada. Y si te rindes, no pasa nada: seguro que tienes a alguien encantado de ayudarte y que, a su vez, es probable que no sepa hacer una tabla de Excel o coser un botón. No lo olvides: absolutamente nadie sabe hacerlo absolutamente todo.

Con las parejas pasa algo parecido. Claro que hay que ir tomando nota de todo lo que nos pasa y de las cosas que nos hacen para evitar que se repitan, pero que alguien te hiciera daño no quiere decir que todo el mundo en la vida vaya a tratarte mal. No todas las relaciones acaban en una decepción, aunque acaben en una separación. Recuerda que ser prudente no es lo mismo que ser suspicaz y que hacer pagar a unos la penitencia que merecieron los anteriores es injusto. Además, indica que te estás moviendo por el miedo a que te suceda lo mismo y por la desconfianza que tienes en tu capacidad para brillar e iluminar a los demás.

En definitiva, aprende del pasado, toma buena nota y, a continuación… Dale una buena oportunidad al presente y otra buena oportunidad al futuro. Al fin y al cabo lo pasado, pasado está y a avanzar se aprende avanzando.

rafael_san_romanRafael San Román es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, terapeuta especializado en counselling y terapias de tercera generación, formador en talleres sobre duelo y pérdidas y autor del blog Psicoduelo

 

 

 

 

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