¿Tomas decisiones pensando en ti o en los demás?

Pasamos la vida tomando decisiones. De todo tipo, en todos los órdenes de nuestra vida. Desde que ponemos un pie en el suelo al levantarnos hasta que nos vence el sueño por la noche vamos encadenando una decisión con otra. Es más, también mientras dormimos el ingente trabajo que realiza nuestro cerebro incluye más de una decisión importante, aunque escape de nuestra conciencia.

Cada decisión es una elección. Escogemos entre dos o más opciones, ya sean la buena y las no tan buenas o la mala y las menos malas, en función de lo que nos apetece más, de lo que creemos que es más conveniente en cada momento y, por supuesto, también en función de los demás. Todas nuestras decisiones, al menos las importantes, nos tienen en cuenta a nosotros pero de una manera u otra no pueden olvidarse de lo que desean o necesitan otros, de lo que les conviene a las personas que nos rodean.

En este continuo encontraríamos patrones básicamente de dos tipos. Por un lado, estarían quienes son más egoístas y piensan solo en sus propios intereses, ya sea en sus decisiones triviales como en las importantes, poniéndose siempre por delante de cualquier otra persona o circunstancia. En el otro extremo estarían esas personas de las que la gente dice “Se ha olvidado de sí misma”, porque siempre está pensando en los demás y estructura su red de decisiones dejando a un lado sistemáticamente sus necesidades.

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Está claro que ninguna de esas posiciones es adecuada, o no puede sostenerse durante demasiado tiempo. No estamos solos, vivimos en sociedad, los demás nos necesitan y sin los demás ninguno de nosotros somos nadie. Tenemos que pensar en nosotros, en lo que queremos, en lo que nos hace falta en un momento determinado, pero sin olvidar que nuestros actos, que lo que hacemos para responder a nuestros intereses, puede tener importantes consecuencias en nuestro entorno y afectar a los demás, tanto positiva como negativamente.

Por otro lado, está bien que pensemos en nosotros como seres individuales, que tienen que responsabilizarse de su propio progreso y de su bienestar cotidiano porque, en última instancia, es lo que nos corresponde: nadie, excepto cada uno de nosotros, puede encargarse las veinticuatro horas del día de nuestro cuidado. Por eso, y teniendo en cuenta las legítimas necesidades de los demás, hay muchas ocasiones en la que lo necesario es dar un paso adelante, anteponer nuestro criterio y nuestro lugar en el mundo y responder ante nuestro propio bienestar con una decisión que nos tenga a nosotros en el foco. De lo contrario, con tal de cuidar al resto del universo, nuestras legítimas necesidades acaban quedando siempre desenfocadas.

Dada la variedad de decisiones a las que tenemos que hacer frente en nuestro día a día, es evidente que muchas veces nos comportaremos de la manera egoísta de uno de los extremos y en otras nos tocará mirarnos al espejo y descubrir el patrón poco asertivo y/o rescatador del extremo opuesto. Es normal. La convivencia, el caos de la cotidianidad, obligan a que nos movamos con flexibilidad a lo largo de todo el continuo de nuestras elecciones personales. Como ya hemos repetido en otras ocasiones, lo importante es que nos demos cuenta de cuál es nuestra tendencia, es decir, que nos preguntemos en nuestro fuero interno: “En mi día a día, cuando tomo decisiones triviales y decisiones importantes, ¿para qué intereses acostumbro a trabajar?”, sin olvidar que las personas cambiamos a lo largo del tiempo y que puede que nuestra tendencia también haya ido cambiando.

Démonos cuenta de si nuestro estilo a la hora de tomar decisiones se está volviendo rígido en su egoísmo o en su falta de asertividad. Una vez descubierto el nudo, habrá quien tendrá que aflojarlo entrenando la mirada hacia los demás y habrá quien tendrá que deshacerlo a base de permitirse descubrir qué quiere personalmente y no qué quieren los otros. Solo así podremos tomar decisiones más sanas, es decir, aquellas que potencian nuestro progreso sin olvidar las consecuencias que este puede tener sobre quienes nos rodean.

rafael_san_romanRafael San Román es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, terapeuta especializado en counselling y terapias de tercera generación, formador en talleres sobre duelo y pérdidas y autor del blog Psicoduelo

 

 

 

 

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