Ser proactivo para preparar tu futuro sin descuidar tu presente

El mundo en el que vivimos se ha vuelto cada vez más exigente y caótico. Esto requiere de nosotros una gran preparación en todos los ámbitos, altas y múltiples capacidades, entre ellas la de adelantarnos a los acontecimientos o lo que es lo mismo, ser proactivos. La rapidez, la intuición y la flexibilidad se han convertido en las herramientas básicas para poder adaptarnos.

También vivimos en un mundo peligroso, amenazante, que periódicamente nos obliga a organizar nuestra vida cotidiana adoptando una postura de alerta, cuando no de alarma. Desde ahí, al menos durante un tiempo, vamos rastreando las señales que consideramos sospechosas, la posibilidad no demasiado remota de enfrentarnos a un gran daño, con el fin de detectarlo y evitarlo, haciendo de la prevención un arma muy poderosa.

En definitiva, nuestro pequeño universo compartido hace que estemos constantemente anticipando todo tipo de cosas. Esto no es nuevo, siempre ha sido así. Necesitamos prever el futuro, averiguar qué sucederá, tenerlo todo bajo control para aliviar en lo posible la angustia que nos provoca la incertidumbre. Anticipar nos aporta seguridad, aunque muchas veces esa seguridad solo sea la vaga ilusión de que hemos logrado protegernos o granjearnos un éxito controlando factores sobre los que, en realidad, no tenemos la más mínima influencia.

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Ser proactivos, anticipar, estar preparados, no solo no es nuevo sino que tampoco es malo. Al contrario: constituye una herramienta enormemente útil para la supervivencia y es algo propio de organismos inteligentes. Algunos animales, gracias a los mecanismos más básicos del aprendizaje, poseen también la capacidad de anticipar.

Esta capacidad se ha vuelto especialmente sofisticada en los seres humanos, debido a la gran cantidad de información –proveniente de fuentes muy diversas- que debemos cotejar cada día para organizarnos y tomar hasta las decisiones más “simples”, como qué ropa ponernos hoy o qué compra planificar para la semana cuando toca ir al supermercado.

Por tanto, anticipar está bien, siempre y cuando no nos olvidemos de que el futuro todavía no ha sucedido y que la probabilidad nunca es una certeza. Lejos de ello, el futuro siempre es hipotético y, por tanto, susceptible de no realizarse tal cual lo hemos imaginado. El futuro, en definitiva, aún no ha sucedido, por lo que nunca es seguro. De este modo, nuestras decisiones siempre son una inversión, una apuesta, nunca una cláusula blindada.

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Dicho de otra manera: está bien prepararse al ver los nubarrones y coger un paraguas antes de salir de casa, del mismo modo que vale la pena hacer una única compra grande en lugar de cuatro viajes al supermercado, pero no está escrito en ninguna parte que finalmente vaya a llover o que no se vaya a ir la luz durante tres días y se nos estropee toda la comida.

En realidad, anticipar siempre nos será útil mientras eso no monopolice de tal manera nuestro funcionamiento que lo vuelva rígido. Si eso sucediera, estaríamos permanentemente enfocados en el futuro, un tiempo que aún no se ha realizado. Así, dejaríamos de lado información valiosa proveniente del pasado pero, sobre todo, acabaríamos perdiéndonos el presente: el único de los tres tiempos que sucede “en tiempo real”. Cuando nuestra anticipación se vuelve excesiva, confundimos los probable con lo seguro, desatendemos los matices que aporta lo incierto y nuestra capacidad para vivir con plenitud el aquí y ahora, tal cual es, queda bastante reducida.

Anticiparse no debe convertirse en vivir en una alarma permanente, un estado hipervigilante en el que no nos ocupamos de las cosas sino que nos pre-ocupamos de ellas con demasiada intensidad. Es entonces cuando nos obsesionamos con tratar de predecirlo todo, intentar tener bajo control un futuro que es completamente impredecible y que, para bien y para mal, no podemos controlar.

Anticiparse debe consistir en prepararse, ser capaces de calcular riesgos razonables y, a la vez, minimizar los riesgos demasiado altos. También, sobre todo, poder asumir el misterio de todo aquello que solo podemos vivir cuando llegue, pero nunca conocer ni manipular antes de tiempo. Anticipar es estar listos para lo siguiente con los pies bien asentados en lo que toca vivir ahora. No debemos olvidar que nuestra capacidad para disfrutar, protegernos y gestionar nuestra vida en el presente también es importante.

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