No rechaces tu parte infantil, cuídala

A menudo se considera la infancia o época infantil como la más feliz de una persona. Mucha gente la asocia a ausencia total de preocupaciones y presencia constante de diversión, una asimetría agradable que queda grabada en la memoria despertando multitud de recuerdos entrañables.

Hasta aquí el mito. Es cierto que muchas personas han tenido una infancia estupenda, que recuerdan con añoranza y a la que, en muchas ocasiones, no les importaría regresar. Otras personas, en cambio, tuvieron la mala suerte de vivir experiencias muy desagradables durante los primeros años de su vida, vivencias que desean dejar atrás y que no querrían repetir por nada del mundo.

Por último, hay gente que, aunque no vivió una infancia desagradable, tampoco recuerda aquella época como algo especialmente divertido ni una fuente permanente aventuras, sino como algo que, sin más, tuvo su momento y que, con toda naturalidad, ha quedado atrás para siempre.

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Suele suceder que las personas que cantan las alabanzas de su infancia lo hacen en contraste con una vida actual que no les satisface o que, incluso, les sobrepasa. Se nos presiona para que nos comportemos como adultos y esto, llevado al extremo, acaba siendo una dictadura en la que solo hay una manera legítima de divertirse, una manera aceptable de expresar nuestras emociones negativas y una recomendación permanente de mantener la compostura y solucionar con templanza todas las dificultades que van apareciendo en el camino.

Según esto, un adulto es alguien que no llora ni tiene berrinches, que lo sabe todo sobre sí mismo, sobre lo que quiere para su futuro y lo que quiere para su presente. Alguien que está donde tiene que estar, que ha encontrado su camino y que nunca monta numeritos ni tropieza dos docenas de veces con la misma piedra.

Sin embargo, si piensas en ti misma un momento… ¿Nunca lloras, nunca tienes una pataleta, aunque sepas que es absurda? ¿Nunca haces una travesura o algo que sabes que no te conviene? ¿Nunca tienes miedo, ni buscas mimos? Si has contestado “Nunca” a estas preguntas probablemente eres una persona muy autoexigente y pienses que, de lo contrario, te estarías comportando de forma inmadura.

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Admitámoslo: todos lloramos; todos nos llevamos disgustos, nos encaprichamos, necesitamos que alguien nos proteja y que las señales luminosas nos indiquen el camino de vez en cuando. Lo malo es que hemos acabado confundiendo las cosas.

Un adulto no es una persona que no llora, o que no siente miedo, o que lo tiene todo bajo control o que nunca monta un número ni necesita que nadie le proteja. Un adulto es alguien con la capacidad para responsabilizarse de sí mismo, que es precisamente lo que no es necesario hacer en las infancias normales. Un adulto, es, por tanto, alguien capaz de tomar sus propias decisiones y responsabilizarse de los resultados. Por otro lado, un adulto no es alguien que nunca se encuentra en apuros ni atraviesa una crisis, sino alguien capaz de gestionar sus crisis de tal manera que acaban construyéndole y no destruyéndole.

Lo has adivinado: todas las personas mayores tenemos una parte adulta y también otra más infantil, necesaria para compensar nuestra personalidad y facilitar nuestras relaciones con otros seres humanos. Del mismo modo, todos los niños también tienen una parte adulta, que va ganando consistencia conforme pasan los años pero que comienza a brotar ya a muy cortas edades.

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El problema no es que a una persona adulta, en algunas ocasiones, se le note su parte más infantil, ni que a un niño de vez en cuando le notemos su parte más adulta. En el primer caso hay que ser benevolentes, mientras que en el segundo hay que potenciarlo. El problema llega cuando la parte infantil de alguien que ya tiene una cierta edad cobra demasiado protagonismo, o cuando observamos que un niño demasiado pequeño asume actitudes y papeles que no le corresponden por su edad ni le permiten vivir su infancia con naturalidad.

Por eso, date cuenta de que seguramente esa parte más infantil que rechazas en ti misma es una parte natural de ti, forma parte de tu personalidad normal y sana y lo único que has de hacer con ella es cuidarla, tenerla bien localizada y no permitir que coma demasiado terreno, solo el que corresponde. Si tienes niños cerca, date cuente de cómo va apareciendo en ellos la persona adulta que serán dentro de unos años. Poténciala, les ayudará a adquirir seguridad en sí mismos y a no acomodarse, pero ten siempre presente la edad real que tienen y permíteles que disfruten del momento vital que les toca. Igual que harías contigo.

Imágenes: Pinterest

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