Y tu, ¿qué nivel de felicidad tienes?

En la vida, más allá del mecanismo básico de huir del dolor y buscar el placer, nos empeñamos en estar bien a nivel físico y mental y ser felices. Otra cosa es que no sepamos cómo cuidarnos para encontrarnos bien o que ‘nos pasemos’ y vivamos en un bombardeo constante y confuso sobre caminos que supuestamente llevan a algo llamado felicidad, pero que nadie ha transitado de vuelta para contarnos si eso está al final del camino.

Como la felicidad puede sonar demasiado compleja, hablaremos primero del cuidarnos, del tratarnos bien para encontrarnos bien. Y como de costumbre, vamos a intentar hilar fino.

Muchas veces realizamos actividades cotidianas de autocuidado, desde un enfoque puramente hedonista. Esto sucede cuando nos proporcionamos una experiencia placentera o un mimo, en el sentido de un capricho para nuestro disfrute, aunque no sea muy profundo. Otras veces las llevamos a cabo con una perspectiva más cercana a la autocompasión: cuidarnos porque lo merecemos y porque, quizá, estamos pasando por un mal momento y necesitamos compensarnos por ello.

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Ambos encuadres son estupendos y necesarios para tener una sensación razonable de felicidad o lo que en psicología llamamos, simplemente, bienestar: encontrarnos bien a través de nuestra propia manera de tratarnos. Pero hay algo más.

Muchas personas se confunden con lo hedónico y piensan que la felicidad es eso, que su bienestar personal a todos los niveles consiste en disfrutar y en sentir placer. No hablo necesariamente de personas frívolas, sino de aquellas que centran mucho su bienestar en su parte sensorial y sensual -nótese que ambas palabras tienen la misma raíz-. Son expertas en darse caprichos y satisfacer sus apetitos, sus allegados las definen como personas ‘vividoras’ y, efectivamente, suelen presentar una gran capacidad para gozar de la vida.

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Tener esta capacidad es admirable, pero basar toda la felicidad en eso, tiene sus riesgos. Por ejemplo, trasladar este funcionamiento a las relaciones de pareja y pensar que una relación es sólida y feliz por el hecho de tener una vida en común caracterizada por el disfrute y las comodidades.

En el extremo opuesto estarían las personas caracterizadas por una austeridad rígida y férrea. Los demás las miran y dicen: “No saben disfrutar de la vida”. ¿Conoces a alguna persona así? No es casual que vivan como viven: lo más probable es que nadie les haya enseñado a disfrutar y que provengan de entornos donde el placer está poco trabajado, los caprichos están penalizados y se han valorado mucho más otras áreas del desarrollo.

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Y no hace falta irse a una comunidad de amish para encontrar a estas personas -estoy convencido de que existen muchos amish felices y que disfrutan a su manera-. Hablamos de personas comunes que viven en el piso de al lado, trabajan en la mesa de enfrente o están sentadas tres asientos más allá en el autobús. No son extraterrestres: solo son incapaces de mimarse como lo hacen los demás y sienten una tremenda culpabilidad –aunque sea sutil- cuando lo hacen.

Martin Seligman, precursor de la psicología positiva moderna y profesor de la Universidad de Pensilvania, habla de tres niveles de felicidad. El primero se referiría a la vida placentera, que ya hemos descrito: comer, beber, reír y disfrutar de los placeres que la naturaleza nos proporciona bajo el sol. El segundo nivel sería una vida en la que realizamos actividades que nos involucran, comprometen y absorben hasta el punto de casi fundirnos con ellas y estar absortos –también disfrutando. El tercer nivel sería llevar una vida con significado, en la que nos implicamos en proyectos y causas que son mayores que nosotros, trascendemos nuestra individualidad y encontramos nuestro disfrute a través de actividades que dan un sentido a nuestra vida.

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En los tres niveles hay bienestar, incluso mucho, y los tres son necesarios para alcanzar un buen nivel de bienestar psicológico. Sin embargo, cada uno de los tres niveles proporciona un bienestar de diferente tipo y cantidad. ¿Sabéis cuál es ranking? Según Seligman, lo que menos felicidad da es la vida placentera -el primer nivel- porque todos sabemos que el placer, por intenso que sea, suele ser pasajero: nos acostumbramos rápido a lo bueno.

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Por el contrario, el nivel que mayor bienestar proporciona es el tercero: una vida significativa en la que ponemos nuestras capacidades al servicio de algo mayor que nosotros mismos, encontrándonos con proyectos trascendentes que nos permiten tener relaciones satisfactorias con otras personas y que implican al máximo nuestras capacidades y que, por supuesto, incluyen actividades de las que disfrutamos, aunque sea a un nivel menos sensorial que con otras.
No sabemos cuál es el camino exacto hacia la felicidad, pero la ciencia nos está indicando que, por lo menos, la felicidad es cosa de tres.

rafael_san_romanRafael San Román es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, terapeuta especializado en counselling y terapias de tercera generación, formador en talleres sobre duelo y pérdidas y autor del blog Psicoduelo

 

 

 

 

Imágenes: imeobesidad/sexualidad.salud180/taringa/modoeficaz/libertadigital/

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