Cómo diferenciar el estrés útil del estrés disfuncional

El estrés es algo con lo que seguramente muchas de vosotras estáis familiarizadas. No solo porque lo tengáis muy incorporado a vuestra vida, sino porque parece haberse convertido en una de las palabras mágicas de nuestra sociedad actual, tan hiper-productiva, hiper-rápida e hiper-exigente.

Estamos acostumbrados a asociar una connotación negativa a la idea de estrés. Cuando pensamos en esa palabra, lo primero que nos viene a la cabeza es alguien agobiado, sobrepasado, con el agua al cuello, atendiendo más cosas de las que puede gestionar. Esta imagen no va desencaminada: efectivamente, el estrés es el conjunto de reacciones que vive una persona cuando las demandas que tiene que satisfacer exceden a sus recursos. Si ese patrón se prolonga durante demasiado tiempo, tarde o temprano el sistema acaba colapsándose y aparecen una serie de costes que hay que pagar.

Como sucede con tantas otras cosas en psicología, es importante que nos fijemos en la parte negativa de lo que nos pasa pero también que seamos conscientes de que están ahí por una razón: su función es ayudarnos a sobrevivir, a adaptarnos a la situación, a salir adelante. De esta manera, lo malo no es tener miedo, enfadarse, creer que hemos visto u oído algo que en realidad no estaba ahí o, como en este caso, sentir estrés. Lo malo es hacerlo cuando ya no nos hace falta, es decir, cuando esos procesos dejan de cumplir su función y empiezan a intoxicarnos.

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Un cierto grado de estrés, de activación, de nervio es necesario para vivir. Nuestro entorno, a menudo muy exigente, reclama que el organismo sea capaz de poner en marcha recursos que lo activen, que en cierto sentido “lo agobien”, que la maquinaria esté en marcha por si hay que tomar decisiones, solucionar problemas importantes, darse cuenta de cosas, lo cual sería imposible si estuviéramos adormilados, pasivos, despistados o sumamente relajados.

Nuestro cerebro, que es muy sabio y muy capaz, empieza a enviar mensajes aquí y allá, generando pensamientos y despertando a nuestro cuerpo, para que esa persona que somos no sea engullida por la situación, sino que la resuelva con más o menos éxito. Este proceso tan necesario no es gratuito: genera un desgaste fisiológico a muchos niveles. ¿Hay que preocuparse por ello? En absoluto, forma parte del proceso: nuestro cuerpo está preparado para asumirlo. Dicho de otra manera, está preparado para asumirlo siempre y cuando, una vez resuelta la situación, la nueva orden sea calmarse, relajarse, descansar y reducir un poco ese nivel de activación, de tal manera que el desgaste, la fricción producida, se reabsorba, corrija y mitigue.

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La mala noticia es que sí que hay que preocuparse cuando el estrés deja de ser una reacción puntual y necesaria para resolver una situación concreta y en lugar de eso lo incorporamos a nuestra manera de funcionar habitual. Es entonces cuando no da tiempo a compensar el desgaste físico que generan las órdenes del cerebro para atender las mil y una situaciones reales o imaginarias en la que nos hemos enfrascado. Ahí el estrés empieza a ser peligroso, porque sigue presente aunque ya no sea necesario, o bien sigue presente porque es necesario constantemente, si nuestra vida está llena de problemas o estamos atravesando una situación vital muy drástica, como por ejemplo tener que cuidar de alguien, estar en paro, estar a la espera de que se resuelva algo importante que no acaba de concluir o vivimos en un país en guerra.

Para que te hagas una idea, es como si el mecanismo que regula el estrés necesario se hubiera encasquillado y estuviera cobrándonos un precio muy alto en forma de desgaste. Cuando hablo de un precio muy alto me refiero a, tarde o temprano, problemas gástricos, en la piel, en el pelo, caer enferma por la bajada de defensas, problemas de memoria, además de irritabilidad, desatención a tus relaciones interpersonales y tu ocio, sensación de angustia, de ineficacia o de sentirse sobrepasada.

Presta atención a tu día a día y evalúa las demandas que te hace tu entorno o bien aquellas a las que tú misma todavía no te has visto capaz de renunciar. Si sientes que no llegas, que es excesivo, es que estás estresada y tienes que tomar medidas. Puede que te ayude hacer una limpieza de tareas y hábitos que puedes ahorrarte para disponer de más tiempo de descanso, delegar en otros siempre que sea posible, tomar conciencia de lo innecesariamente rápido que quieres hacerlo todo, o examinar tus valores: a qué le estás regalando más tiempo por considerar que es lo prioritario.

Estate atenta: el estrés innecesario es muy tramposo y va instalándose en nuestra rutina con mucho sigilo. Ponle freno y ajusta bien aquello que puedes atender en cada momento para no ir tan sobrepasada.

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Rafael San Román es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, terapeuta especializado en counselling y terapias de tercera generación, formador en talleres sobre duelo y pérdidas y autor del blog Psicoduelo.

 

 

 

Imágenes: prevenlog/curvelatinoamerica

 

 

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