El poder insospechado de la amabilidad

“Si todos los empleados de todos los supermercados tuvieran tu amabilidad, venderían muchísimo más”. Esta frase no es mía, sino que oí cómo una reponedora de un supermercado se la decía a una chica que trabajó junto a ella durante un día haciendo degustaciones de no sé qué producto. Las reponedoras de supermercados saben mucho de amabilidad, ya sea porque tienen mucha o porque no tienen ninguna, así que saben reconocerla enseguida con gran sabiduría cuando la observan en los demás.

La amabilidad es una virtud, una cualidad definitoria de las personas, aunque también podemos atribuirla a muchas otras cosas de la vida. Las ciudades que visitamos nos muestran “su cara más amable”, podemos recordar un momento amable de nuestras vidas o estar viviendo una época amable en estos momentos.

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Algunos idiomas nos hablan de lo amable mezclando este concepto con los de suave, blando o dulce, fusionándolos en una mezcla que casi resulta mullida en sí misma. Por supuesto, nos encontramos de vez en cuando con personas que son amables con nosotros y con los demás, es decir, que tratan bien a la gente, incluso de una manera que uno no se espera, que alegra y que hace sentir mejor.

El hecho de que las situaciones, las personas, los tiempos y los espacios sean amables o no con nosotros resulta determinante a la hora de tomar una decisión, de generar un recuerdo o, simplemente, de estar bien o mal en nuestro día a día.

Amable significa, literalmente, “digno de ser amado”. Nos viene a la mente ante aquello que apreciamos con facilidad, o cuando algo nos gusta en seguida, simplemente por lo agradable o encantador que es.

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Sin embargo, estamos más acostumbrados a emplear este adjetivo en su otra acepción: “afable, complaciente, afectuoso”, es decir, aplicado específicamente a una persona. La amabilidad es como una sustancia que engrasa las bisagras oxidadas de las interacciones humanas. Es una cualidad que todos tenemos aunque no siempre la manifestemos. Hay veces en que es imposible mostrarse amable, bien porque estamos tristes o enfadados, porque la otra persona no se lo merece o porque nuestro cansancio nos hace actuar de una manera demasiado ruda.

Es importante tener en cuenta que, aunque a veces requiera de nosotros un cierto esfuerzo, la amabilidad puede entrenarse para que ese esfuerzo sea menor. Además, es contagiosa y muy beneficiosa: facilita el contacto entre las personas y tiene un impacto positivo tanto en quien la ejerce como en quien la recibe, siempre y cuando sea auténtica.

 

No olvidemos tampoco que sus resultados pueden llegar a ser insospechados. Qué sería de los turistas en una ciudad desconocida sin la amabilidad de los habitantes habituales que les indican una dirección o, incluso, los acompañan hasta el sitio que buscan. Por no hablar de todas aquellas personas que se encuentran mal y acuden a un médico, un fisioterapeuta, un centro de meditación o un psicólogo: sin amabilidad puede que sus cuerpos se encuentren mejor, pero su bienestar habrá quedado, literalmente, a la mitad.

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¿Y en el ámbito comercial, el de las ventas, los negocios, las transacciones? No basta con que un proyecto o un producto sean prometedores y su imagen inmediata resulte suculenta: ¡cuántas veces con una sonrisa sincera, un tono de voz cálido y una escucha atenta y paciente ya hemos logrado asegurar un gran porcentaje de la venta!

Por todo esto, es interesante que le des más importancia a la amabilidad. No se trata solo de cortesía y buena educación. La amabilidad tiene un plus: está relacionada con la cordialidad, que es aquello que se hace “desde el corazón” y también con la hospitalidad, que nos remite a esas situaciones en que somos acogidos y, de alguna manera, se nos cuida con cariño.

Sonríe más, agradece más, interésate por cómo le va a la gente de tu alrededor y no racanees en el cuidado con el que te diriges a alguien. Recuerda que la amabilidad tiene un impacto muy importante en ti y también en la otra persona…Y que sus resultados son insospechados.

Imágenes: Pinterest

 

 

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