Capacidad de compromiso: La virtud de las personas leales

Hay una idea muy importante que sobrevuela constantemente las relaciones interpersonales. Se trata de la idea de compromiso: mantenernos firmes a un acuerdo al que hemos llegado con otros o con nosotros mismos con el objetivo de lograr un beneficio de algún tipo. El compromiso, que tiene que ver con las ideas de pacto y promesa, es una capacidad enormemente sofisticada que solo los seres humanos somos capaces de alcanzar.

Todos sabemos que ningún acuerdo es férreo al cien por cien. A veces, de una manera controlada y -valga la paradoja- acordada, los compromisos se anulan y ambas partes se liberan la una a la otra de seguir manteniendo un proyecto en común, sea del tipo que sea. Si el compromiso lo adquirimos con nosotros mismos el mecanismo es el mismo: pasado un tiempo y dadas las nuevas circunstancias hemos cambiado de opinión por lo que, de alguna manera, nos lo comunicamos internamente y empezamos a funcionar de otro modo.

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Otras veces es una de las partes, o cada una sin que la otra lo sepa, la que de manera unilateral comienza a socavar el acuerdo al que se ha llegado: es lo que comúnmente se conoce como traición. Esto puede suceder involuntariamente, aunque la mayoría de las veces hay algo de mala fe por detrás: se hace con la intención de obtener del modo que sea más beneficio del previsto inicialmente, es decir, más beneficio que el que seguir juntos y contando con la otra parte pueden reportar.

Por eso, el compromiso tiene que ver, además de con la idea de pacto, acuerdo o promesa, con el concepto de lealtad. Mantenernos firmes a la palabra dada no es solo una cuestión de diplomacia o de cortesía, es decir, no se trata solo de “quedar bien” en un sentido superficial. Hablamos, en realidad, de un valor que fortalece las relaciones humanas y las facilita, hidratando sus engranajes a través de la confianza y la honradez.

Cumplir con nuestros compromisos a veces es fácil y, en otras ocasiones, exige un enorme empeño, que siempre realizamos como una inversión. Dicha inversión no la hacemos solo en base al beneficio final que nos reportará nuestro pacto, sino que es una inversión en calidad para nuestras relaciones de una manera continuada.

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Es cierto que, a menudo, sentimos la tentación de cortar por lo sano y ahorrarnos disgustos, esfuerzos o, incluso orgullo. Sin embargo, siempre y cuando todo eso no sea excesivo para nosotros o nos acabe dañando irreparablemente, la realidad suele demostrarnos que cumplir y llegar hasta el final merece la pena y, a largo plazo, acaba poniéndose de nuestra parte.

Hay que tener en cuenta que muchos de los compromisos que adquirimos no tienen una fecha definida de vencimiento, es decir, no hay un punto determinado en el cual la “sociedad” que hemos “constituido” cumplirá su objetivo, repartirá resultados y luego se disolverá, de manera que cada parte continuará caminando por su lado. Por ejemplo, en las relaciones de amistad o de pareja, aunque no sean eternas, mantenernos fieles al compromiso al que se haya llegado se hace sin fecha, porque conservar una relación satisfactoria es, a la vez, el proceso y el resultado de nuestra lealtad.

Nuestra palabra, por tanto, da muestra del vigor de la confianza que los demás pueden depositar en nosotros e informa de lo que otros pueden esperar de nuestras promesas. Por lo tanto, es un buen indicador de la calidad de las relaciones interpersonales -y no solo comerciales o laborales- que somos capaces de iniciar y de mantener.

Ser personas de fiar, leales, fieles y formales no significa ser tontos, sino honorables. Eso tiene un precio, que debemos ajustar para que nosotros también salgamos ganando. También tiene un beneficio mucho más importante: demostrar a las personas que nos rodean que es una buena idea tenernos de su lado.

Imágenes: Pinterest

 

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