¿Cambiar para progresar o para evadirse de la realidad?

Hay personas especialmente inquietas, creativas, inconformistas, que tienden a hacer ‘frecuentes modificaciones’ en diversos elementos de su vida cotidiana -cambiar la decoración, reorganizar drásticamente los armarios, cortarse el pelo, cocinar a lo bestia…- y/o a emprender multitud de actividades rellenando cada hueco en blanco que hay en su agenda con envidiables y barrocos programas que parecen sacados de la guía del ocio de Nueva York.

El cambio está bien, es necesario y consustancial a la vida -¿recuerdas aquello de “nunca te bañas dos veces en el mismo río”, o esos letreros gigantescos de algunas remodelaciones de edificios o tiendas en las que se leen cosas del tipo “Nos estamos poniendo guapos para ti”?-. En política, a menudo, al final de un ciclo electoral se dice que en la sociedad se aprecia una mayor o menor ‘pulsión de cambio’, intentando predecir lo que puede suceder tras una votación.

Pero no todos los cambios son iguales, ni obedecen a la misma pulsión. Hay un tipo de cambio que tiene que ver con la flexibilidad, la creatividad, el permitir la evolución natural de las cosas. Hay otro tipo de cambio que tiene que ver con la incapacidad para estar en el momento presente -para tolerarlo con suficiente serenidad-.

Ambos tipos generan en nosotros energías diferentes pero que pueden canalizarse a través de una misma conducta -cambiar los muebles de sitio, pintar un cuadro, cocinar para toda la familia, dar un paseo, ir de compras, hacer ejercicio-, lo que da lugar a que a veces confundamos las pulsiones, o las confundan los demás.

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Que nos movamos alimentados por una energía u otra no está ni bien ni mal, siempre y cuando los comportamientos que emprendamos para encauzarla no sean desadaptativos -es decir, mientras no nos hagan daño a nosotros o a otros- y no se vuelvan rígidos -automáticos, compulsivos, sin un sentido muy claro-.

Como ya hemos comentado otras veces, lo importante es darse cuenta, tener conciencia de cómo nos sentimos y de qué hacemos con nuestra manera de sentirnos. No ponernos excusas durante más tiempo del que nos son útiles ni ir ‘a tontas y a locas’ por la vida. Luego ya veremos si tenemos que modificar ese hábito adquirido o conservarlo porque resulta que nos ayuda mucho y es muy productivo.

Es importante que nos fijemos en lo que nos pasa antes, durante y después de esas pequeñas vorágines -arranques o ataques- de cambio que nos entran. Eso nos ayudará a conocer mejor nuestros mecanismos y llegado el momento, a ponerles un límite que nos proteja.

Cocinar cuando me encuentro inquieta está bien: es útil y, además me ayuda a recolocarme anímicamente. Juntarme de repente en la nevera con más tuppers de los que caben y tener que regalarlos empieza a ser disfuncional, sobre todo si luego la comida se estropea. Cambiar la decoración de casa moviendo un mueble aquí y otro allá cada cierto tiempo está bien. Hacerlo cada mes quizás me está diciendo algo de cómo me encuentro conmigo misma y no tanto de cómo me encuentro con la distribución de los cuadros.

Cuando hagas algo de esto, date cuenta de qué puede estar pasándote por dentro, de si es una necesidad o algo que te apetece, o más bien es que no te aguantas a ti misma y necesitas sacarlo como sea. Es decir, date cuenta de cuándo estás haciendo esto porque ya no sabes qué hacer contigo o porque has llegado a la conclusión -razonablemente meditada y consciente- de que eso era el siguiente buen paso a dar.

Y luego, ¡qué diablos, disfruta de toda esa energía liberada! Tu nuevo corte de pelo, el nuevo feng shui que tú solita te has sacado de la manga esta semana y las tres bandejas de lasaña que van a tener contento a todo tu regimiento. Para eso lo has hecho.

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Rafael San Román es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, terapeuta especializado en counselling y terapias de tercera generación, formador en talleres sobre duelo y pérdidas y autor del blog Psicoduelo

 

 

 

 

Imágenes: blogfatimabril/pijamaparados

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