La ambición tiene dos caras: ¿con cuál te identificas tú?

Estamos acostumbrados a oír hablar mal de la ambición. Quizá en otras culturas, como la anglosajona, esto no suceda, ya que en esos países suele tenerse una percepción más benévola y estimulante de lo que podemos permitirnos para avanzar en la vida. Sin embargo, en nuestro entorno la palabra “ambición” va unida inequívocamente a ciertas consideraciones peyorativas. Ser una mala madre porque se es muy ambiciosa con la carrera profesional, ser un banquero terrible porque se es muy ambicioso con las finanzas de la empresa, ser un político despiadado porque la ambición lo ciega para llegar a la cumbre…

Se nos invita a inhibir este tipo de características como un medio para facilitar la convivencia de manera que nadie destaque demasiado sin el beneplácito de los demás. En realidad, cuando pienso en “ambición” la conclusión a la que llego es que no consiste más que en querer más de lo que se tiene y eso, en sí mismo, no tiene por qué ser malo. Al contrario, es el motor que nos impulsa a avanzar, a crecer, a mejorar nuestra situación presente.

Sin embargo, muchas veces da la impresión de que se nos ha educado para rechazar la ambición y, de manera indirecta, acomodarnos en cierto conformismo. Ser complaciente, ser prudente, ser conservador, no arriesgar… Estos son mensajes a menudo bien valorados y reforzados por nuestro entorno. Cuando incumplimos esto, el precio a pagar puede darse en forma de culpabilidad por querer progresar.

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Como con tantos otros conceptos, con la ambición pasa que, por cuestiones socioculturales muy complejas, el significado se ha ido retorciendo hasta adquirir connotaciones negativas que se han alejado del significado original. Si lo pensamos bien, desear algo mejor de lo que se tiene no es malo en sí mismo. La cuestión se vuelve más resbaladiza cuando confundimos ambición con codicia, voracidad, egoísmo o, en según qué ámbitos, ser un poco “trepa”.

De acuerdo, es cierto. Puede que en realidad ese retorcimiento no sea real sino que tenga una parte de razón. Si acudimos al diccionario de la RAE encontramos que la definición de “ambición” es “Deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama”. No obstante, seguirá pareciéndonos mal si entendemos que el poder, las riquezas, las dignidades o la fama son algo malo o que no se debe desear.

En realidad, todas esas cosas no son más que herramientas y, como tales, el problema no está en ellas mismas sino en el uso que se hace de ellas. Si empleamos un martillo para abrir una botella de vino está claro que no estamos recurriendo al método más adecuado, pero no porque el martillo sea algo perverso sino porque hemos hecho un mal uso de él.

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Con el poder, la fama o las dignidades sucede algo parecido. Son herramientas bastante sofisticadas que, mediante un uso adecuado, pueden generar un bien muy grande tanto para quien las posee como para los demás. La cara negativa aparece cuando, en plena borrachera de poder, de fama o de dignidades, lo que ha crecido desmesuradamente no es nuestra capacidad para hacer el bien sino para pensar únicamente en nosotros mismos. Por eso hay que saber controlar muy bien cuánto arden nuestros deseos.

Dejando a un lado los retorcimientos del lenguaje, que a veces son inevitables, hay que tener en cuenta que las palabras pueden adquirir más de un significado o suavizar sus connotaciones negativas si nos ponemos de acuerdo para ello. Por eso, sería interesante construir una consideración más sana de nuestros “instintos ambiciosos” y pensar que, a fin de cuentas, no se trata más que de un deseo ardiente de mejorar, lo cual es malo cuando hacemos mal uso de esa herramienta y acabamos quemando a los demás con nuestro despotismo y nuestra codicia.

rafael_san_romanRafael San Román es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, terapeuta especializado en counselling y terapias de tercera generación, formador en talleres sobre duelo y pérdidas y autor del blog Psicoduelo

 

 

 

 

Imágenes: Pinterest, portalglook,lmaanitas

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