¿Se puede olvidar una violación?

¿Crees que se puede olvidar una violación? No voy a escribir acerca del significado de una violación en la vida de una mujer, no voy a fundamentar nada; te contaré una secuencia de una película maravillosa acerca de mujeres fuertes; y también te dejaré leer una historia escrita por una mujer costarricense a quien no conozco, y que no ha escrito exactamente acerca de una violación si con violación sólo se nombrara una penetración no consentida, violentada, arrancada a la dignidad.
Es una historia de un hombre que se exhibe ante niñas y si yo al principio me preguntaba y te preguntaba si se puede olvidar una violación, después de leer estos dos fragmentos sabrás o confirmarás que ninguna invasión sobre tu cuerpo, tu dignidad, tu capacidad de elegir lo que quieres y con quien, se olvida; ni siquiera esa mirada lasciva, violatoria que de pronto, una tarde, como la tarde de esta historia, parte tu vida en dos: antes y después; y ya nada es igual.


Nombre: Floriella
Lugar: Liberia, Guanacaste, Costa Rica

Fuente: www.isabelmonzon.com.ar

Jueves, 28 de diciembre de 2006

Detrás de la letrina
Todas en la casa lo veíamos de reojo. Esto es, todas las viejas o las que pasábamos los veinticinco. Las niñas no tenían cómo saberlo a no ser que nosotras lo contáramos y de hecho así era como lo sabían algunas de las veinteañeras.
A mí me daba lástima mi prima, la hija. Ella tenía que saber. Tal vez de primera mano, lo cual me aterrorizaba puesto que compartían el techo y no quería darle rienda suelta a mi malicia para no sufrir la congoja ajena. Tal vez lo sabía sólo de escuchar los cuchicheos de las demás, las que habíamos sido víctimas o las que habíamos oído la historia que se repetía cada tanto.
Yo, más que verlo de reojo, lo miraba con desprecio y hasta con cierto asco. Cada vez que tenía por algún motivo ineludible que llegar a casa de mi tía y topármelo de frente, hacía un giro violento para saludarlo de larguito, sin que siquiera me rozara. Ya estaba viejo y se le veía cansado, pero su sonrisa seguía albergando la misma mala vibra de siempre. Y aunque hacía mucho que no escuchaba de nuevos incidentes, ya se sabe lo que dicen del perro que come huevos y del zorro viejo, entonces para mí y creo que para todas las demás, eran suficientes las experiencias pasadas para no extender la visa del perdón.

A mí me pasó una sola vez y con eso fue suficiente. Recuerdo que todavía funcionaba el excusado de hueco que estaba por detrás de la casa aunque el único que lo usaba era mi abuelo porque no se acostumbraba a ir adentro. Yo venía de donde otra de mis tías hacia la casa de abuela cuando me pareció ver una sombra moverse a un lado de la casucha. Seguí mi trote despreocupado de chiquilla de diez años, cuidadosa sólo de no chocar con un chahuite para no manchar mi ropa. En eso, la sombra se materializó y lo vi viéndome, con esa sonrisa enferma y blandiendo una cosilla blanca y arrugada entre sus manos, a la altura de la ingle. La sacudía como si quisiera arrancársela y tirármela encima. Sólo el pensamiento de que tal cosa pudiera pasar me hizo levantar un polvazal en la carrera hacia la seguridad de los delantales de mi abuela. Sobra decir que llegué vomitando el corazón del carrerón y del susto.
La historia fue más o menos la misma con todas, menos con mi prima la que es dos años mayor que yo. Su carácter nunca había sido el más dulce y lo demostró cuando, al repetirse el cuadro detrás del excusado, no sólo no puso pies en polvorosa sino que se agachó a recoger la primera piedra que fuera lo suficientemente grande para cubrirle la palma de la mano derecha, se acercó para tener mejor chance y se la dejó ir encima con toda la fuerza que su brazo le permitió. Dice mi prima que la piedra iba dirigida al bajo vientre pero se la pegó en el pecho de donde rebotó al suelo sin hacer mayor daño. Siempre he admirado ese gesto de valentía de mi prima pues, aunque yo me paralicé por un nanosegundo, para lo único que me dio la cabeza fue para salir corriendo.

Se preguntarán porqué alguno de los varones de la familia no le dio una buena majada de hocico para que dejara la maña y la respuesta será invariablemente la misma: porque pobrecita mi tía. A mí la lástima nunca me dio para tanto. Muchas veces deseé ser más grande y ser hombre para enseñarle a ese pedazo de pervertido lo que era el miedo; tal vez así aprendiera.
Ya de grande me preguntaba cómo fue que las cosas nunca pasaron a más. Bendita la Providencia por eso.
Ahora, cuando me toca ir de nuevo a la casa de mi tía y me lo topo vuelven los malos recuerdos, propios y ajenos. No pierdo de vista a mi hija ni por una milésima de segundo. Aunque debo confesar que en secreto desearía ver el mínimo gesto por parte de él para que conozca, de mis propias uñas y puños, lo que pueden hacer el miedo y la rabia de una niña hecha madre, acumulados a lo largo de dos décadas.

Memorias de Antonia

Esta película es un cuento que tiene mucho que ver con los ciclos de amor, nacimiento y muerte que son parte esencial de la condición humana, todo entremezclado con diversos sentimientos como el amor y el desamor. La película es una agradable celebración a la vida y a la familia, la comunidad, los placeres simples y las pasiones duraderas. A través de cuatro generaciones diferentes, cuatro mujeres distintas, singulares y cada una con su faceta interesante viven historias diversas. Antonia regresa a casa con su hija, para criarla y acompañar a su madre en el momento en que emprenda el último viaje. Antonia recupera viejos amigos, y con ellos vive en plenitud: ríe, llora, se enfurece, se enamora. Comprende que después de tantos años ha encontrado el sentido de su existencia. El pasado y el futuro se unen con un lazo poderoso, que abarca cinco generaciones de una familia parecida a muchas… y diferente a todas.

La hija de Antonia ya es una joven con la misma sed de justicia e igualdad que transita por su madre y en una oportunidad socorre a otra joven de escasa inteligencia y abundante ternura cuando está siendo violada por su propio hermano. La joven se va a vivir a la casa de Antonia en donde todo es cálido y hogareño. Siempre hay un plato de comida para un hambriento y una cama para quien no la tiene. Hasta la madre de la joven violada siente alivio, porque en la casa de Antonia no hay maldad.

El perverso se va del pueblo pero regresa al tiempo, cuando Antonia ya es abuela. Therese, su nieta, es una adolescente prodigio por su inteligencia y talento
El violador está resentido. Como venganza, el que aparece ahora vestido de militar, viola esta vez a Therese, de tan solo 13 o 14 años. Cuando Antonia se entera, sale de su casa con una escopeta y se dirige a la cantina donde está el violador tomando cerveza. Cuando ella llega, es evidente en él un gesto de cinismo.

Antonia lo apunta con la escopeta mientras le dice
– ¡Párate!
Como él no se mueve, ella dispara contra la copa, a la que hace estallar.
-¡Afuera y rápido! ordena Antonia.
Salen, sin que ella deje de apuntarlo con la escopeta.
-¡Alto!, dice ella
Y el violador, ya con cara de asustado le responde
-¡Sé razonable!
Y Antonia razona…
– ¡Cállate!, si te mueves disparo. Si pudiera matar a alguien te mataría. En cambio, te maldeciré y mi maldición te perseguirá para siempre.
Él intenta hablar pero Antonia lo hace callar.
-Silencio, le ordena ella.
-Si llegas a volver, mi maldición te dará la muerte.
Si llegas a volver mi odio te destruirá.
Se te romperán los huesos, te saldrá pus de la lengua.
Si llegas a volver el agua que bebas te envenenará. La comida se infectará dentro de ti. El aire que respires te destruirá los pulmones. Rogarás en vano que te libere del tormento que será tu castigo por violar a una niña.
Sin disparar un solo tiro más, Antonia regresa a su casa. Ella es una mujer tierna y protectora, fuerte como la yegua percherona que la acompaña a todos lados. Pero esta vez llora con una tristeza conmovedora.

No sabe aún que varios jóvenes del pueblo golpean y patean al violador al que nadie del pueblo quiere, ni si siquiera su propio hermano, quien termina de darle muerte.
Pasan los años y se la ve a Therese, caminado por un sendero de la mano de un pretendiente.
La voz en off que narra dice: «El proverbio está mal, el tiempo no cura las heridas. Apenas alivia el dolor y borronea los recuerdos«.

Autor: Mariana Fiksler

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3 Comentarios

  1. lo peor de sto es que la gente de queda callada y no dide lo que en ese momento les ha sucedido. comprendo y creo que no es facil pero siepre la solucion para que no te sigas mortificando es la muerte. gracias pero yo en mi persona no lo puedo superar.

  2. A mi me gustaria poder olvidarlo,hace tres años que me paso y no dejo de pensar que me ha jodido la vida…no se como olvidarlo, sigo teniendo pesadillas cada noche…

  3. Dana:Si,empieza terapia que ayuda muchisimo,claro que no te olvidarás pero alivia,ya verás

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