Me lo llevo. Cuando comprar es una adicción…

Un día de tiendas lo tiene cualquiera, excepto que, para algunas personas ese día se extiende hasta el infinito. Cuando ir de tiendas se convierte en una necesidad que lejos de darte alegría te trae sentimientos de culpa por el exceso o por haber adquirido cosas que nadie necesita, nos encontramos ante el indicio de que algo te falta; y no precisamente un par de zapatos más.

Consumir es una forma de tener que puede crear una confusión pues, por adquirir cantidad de ropa y objetos, tú crees que tienes lo que necesitas aunque a poco de adquirirlos te resultará insuficiente y tendrás que volver a comprar para creer que tienes lo que deseas.

– Atraviesas un mal momento y, para no estar tan mal, compras. La conducta se instala y la tendencia también.

– A mayor malestar mayores gastos; tengas o no la posibilidad de hacerlo.

– Como si fuera una droga, la compra te estimula, casi te olvidas de lo que motivó que salieras de compras: la euforia se deshace y tú te encuentras nuevamente con ese dolor.

– Entonces sobreviene la culpa por haber dilapidado así el dinero a cambio de una sonrisa fugaz.

«El comprador compulsivo compra cosas que no necesita con dinero que no tiene», como acertadamente señala José Luís Laquidara, funcionario de Defensa del Consumidor.

Te prometes no repetir la situación, lo que lograrás si tomas la decisión de re-encontrarte contigo y tu circunstancia. De lo contrario puedes quedar atrapada en un círculo consumista en el que lo que eres y lo que posees pueden confundirse.

– Tienes alrededor de 30 años

– Te atiborras de objetos que, en realidad, no necesitas.

– Sientes más placer por comprar que por lo que compras

– Gastas más de lo que tienes disponible

– Disfrutas de ese poder de decisión que te da el comprar

– Comprar te trae algunos problemas en casa

– Estos problemas los solucionas comprando otra vez

Si cumples, al menos con 3 de estos principios, tómate unos minutos para pensar en ti, en lo que realmente, necesitas.

Haz un breve repaso de tu trabajo, tus afectos, tu profesión, tu imagen de ti misma, el lugar que ocupas entre tus amistades o donde se desarrolle tu vida social, tus posibilidades de elegir o decidir cotidianamente…

¿Está todo como quieres que esté?

Es muy probable que algo no esté tan bien

– Cuando del placer se pasa al desagrado.

– Cuando no compras por necesidad sino por deseo.

– Cuando te sientes desdichada por no poder adquirir algo e igualmente insatisfecha cuando lo has conseguido.

– Cuando eliges hacer algo que, en realidad, te resulta displacentero pero no puedes dejar de hacerlo tenemos que pensar rápidamente en ti; en que algo te ocurre y convenir en que el consumo no te está llevando a la felicidad.

¿POR QUÉ COMPRAS COMPULSIVAMENTE?

– Porque sientes un vacío que no sabes cómo llenar

– Porque te permite destacar socialmente

– Para demostrar que tienes dinero.

– Para diferenciarte de los demás.

– Porque los escaparates, las revistas, la publicidad -la sociedad de consumo con sus armas poderosas- te ofrecen milagros a los que no te puedes resistir.

La sociedad de consumo es como el canto de las sirenas para los viejos marineros; sé como Ulises que quiso escuchar el maravilloso canto, pero no deseaba perder a sus hombres ni su barco, así que ordenó taponar con cera los oídos de sus compañeros de viaje, y él se hizo atar al palo mayor del barco, para no saltar al agua tras las Sirenas.

La sociedad de consumo se encarga de presentar múltiples y variadas oportunidades de gastar «para tener». Te dice que si tienes vales; eres alguien. El marketing, su medio de inserción, plantea «el tener para ser alguien importante».

Desencántate; discrimina entre lo que se te propone y lo que necesitas.

Cambia el mantel nuevo por la satisfacción real de tu necesidad.

Cambia el demasiado por algo, o como dijo Ted Dave -un trabajador de la publicidad- «Lo bastante es suficiente«

«Manjares de plástico, sueños de plástico. Es de plástico el paraíso que la televisión promete a todos y a pocos otorga. A su servicio estamos. En esta civilización, donde las cosas importan cada vez más y las personas cada vez menos, los fines han sido secuestrados por los medios: las cosas te compran, el automóvil te conduce, la computadora te programa, la TV te ve»
Del artículo «Sociedad de Consumo» de Eduardo Galeano

Llame ya… ¿A qué espera?

Has sentido, alguna vez, el impulso de hacer ese llamado, de ser una de las primeras para recibir, además, un regalo extra por tu compra.

Dejarte llevar por estas palabras pensadas para impulsar el efecto que, obviamente provocan, entraña un riesgo: creer que necesitas algo que no necesitas (y ese es el efecto que busca la publicidad en la sociedad de consumo); sentir que pierdes la oportunidad de tener algo más. El mensaje último es que «para ser aceptada debes tener un nivel de vida determinado, vestir de alguna manera en particular; y que cada marca reconocida parece enaltecerte».

Lo único que te enaltece es tu esencia; la persona que tú eres

 

Tu propio mensaje debería tener que ver con desarrollar esos méritos, que a veces se olvidan en las tiendas, re-descubrir tus valores (algo que no propone la sociedad de consumo): solidaridad, altruísmo, respeto, tolerancia, reconocerte como eres, mejorar lo que crees que debes mejorar. En definitiva: ser más que tener.

 

Cristina es una profesional muy exitosa que desempeña un cargo jerárquico en una multinacional. Su puesto le representa un sueldo altísimo que hace pensar a todo el mundo que su vida debe estar llena de confort y lujo. Pero no es así; aunque podría serlo si no fuera porque Cristina está llena de deudas y su cuenta en rojo. El pronóstico es peor aún.

Cristina es una compradora compulsiva, y por eso, por comprar mucho más de lo que necesita o, aún a veces, de lo que puede pagar, se encuentra en una situación difícil de resolver, salvo que se dé cuenta de que sus compras son substitutos de su necesidad real, que nunca satisfacerán su deseo y entonces tome la firme decisión de ir modificando su compulsión de a poco. Porque se puede.

Si se tratara tan sólo de una conducta que has aprendido tienes la opción de experimentar el camino inverso, tarea para la que cuentas con aliados:

– Ve disminuyendo, diariamente, la cifra que te permites gastar.

– Lleva una lista con tus gastos diarios. La idea es que tengas un control, en particular de tus pagos con tarjeta y, además, una tediosa tarea después de ir de tiendas.

– En lo posible sal con efectivo y sin tarjeta

– Déjate algo pendiente para otro día.

– Piensa que se consume con la misma vehemencia con que el bulímico come y que la culpa posterior a cada adquisición equivale al vómito provocado.

– Antes de decir: «Me lo llevo» acuérdate siempre que después de comprarlo viene el remordimiento, las peleas en casa por haber gastado excesivamente, un sentimiento de culpa, depresión y esa pregunta de la que sólo tú tienes la respuesta: ¿Para qué?

Si bien es cierto que comprar es algo muy difundido en nuestra sociedad, muchas veces no es algo tan simple y una acción que podría ser placentera termina transformándose en su contraria. Si puedes contestar esa pregunta con veracidad te estarás dando cuenta de que hay algo que falla; entonces podrás iniciar el camino que te lleve a tu cambio, a buscar lo que realmente necesitas.

Todas estas propuestas son, en parte, exteriores a ti, lo otro, lo interior, tiene que ver con el re-encuentro contigo y tus reales necesidades de modo de que comiences a darte «eso» que te falta y no un nuevo mantel.

Autor: Mariana Fiksler

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