A luchar contra la vergüenza

Hace tiempo me encontraba en una discoteca y en el centro de la pista había un chico bailando de un modo extraño. Estaba muy animado, moviéndose en exceso, bailando una canción distinta a la que sonaba de fondo. Parecía incluso que estuviera bailando tres canciones de diferentes estilos a la vez.

Este chico lo estaba pasando en grande ajeno a lo que muchos de los allí presentes estaban pensando de él. Algunas personas incluso se acercaban para hablar y reírse con él (o de él), pero a pesar de eso fue un momento de felicidad. Aquél chico era yo y ese día llevaba una copa de más.

Dejando a un lado el tema del alcohol y sus perjuicios, me gustaría que nos centráramos en la situación que muchos catalogarían de ridícula y lo poco ridículo que yo me sentí. Al margen de la causa que me provocó esa desinhibición, la situación sirve como ejemplo para comprobar lo que muchos autores llevan tiempo diciendo: el ridículo no existe.

Las personas podemos sentirnos de manera ridícula siempre y cuando nuestros pensamientos nos lleven a ello. ¿Qué pasaría si los pensamientos fueran en otra dirección? Sencillamente que nos libraríamos de la vergüenza y del temor a quedar mal.

Ninguna situación es ridícula per se si nos negamos a aceptar ese sentimiento que tan poco añade a nuestras posibilidades de disfrute y autorrealización. El miedo al ridículo nos paraliza y nos limita más de lo que podemos llegar a pensar.

Cuando permitimos que estos pensamientos nos invadan ocurre que dejamos de realizar actividades con las que podríamos disfrutar como bailar, cantar, escribir, pintar, conocer gente, preguntar… y nos posicionamos en el lado cómodo de la existencia, cerrando las puertas a situaciones nuevas e infinidad de posibilidades.

El ridículo es como la ofensa, no ocurre si no dejas que te afecte. Sin embargo, muchas veces en consulta, la gente dice: «Claro que existe el ridículo, yo lo siento». Acepto que en un momento determinado podamos llegar a sentirnos así, pero sí queremos dejar de padecerlo es aconsejable cuestionarnos si es realmente tan grave hacer el ridículo.

Todos lo hemos hecho y aquí seguimos, con el paso del tiempo lo aceptamos, le quitamos gravedad y continuamos con nuestra vida. En ese momento podemos pasarlo mal, e incluso al recordarlo, pero no ocurre nada trágico.

Lo que agrava el hecho en sí es pensar que no podemos tolerar ciertas dosis de ridículo. Cuando en realidad, podríamos soportar eso y más. Pretender no hacer el ridículo jamás es tan cansado y aburrido que merece la pena aprender a vivir con ello.

Para no hacer el ridículo deberíamos no hacer nada que nosotros o los demás consideren ridículo. Y como hay gente para todo, se convierte en un fin inalcanzable. De hecho, no podemos obviar el factor cultural y los miedos sociales. Lo que en nuestra cultura es deseable, en otras es vergonzoso y viceversa. Eso nos demuestra que lo que hoy consideramos ridículo quizá mañana no lo sea.

Otra razón para liberarnos de la vergüenza es que muchas veces puede utilizarse para modificar nuestro comportamiento sin querer. Basta con que alguien nos diga: «No hagas eso… estás haciendo el ridículo«, para que empecemos a pensar que quizá sea cierto y dejemos de hacerlo. ¡Con lo felices que estábamos antes! Nuestra respuesta a esa buena gente que sólo pretende ayudar podría ser «Gracias, ahora además de sentirme ridículo pienso que no voy a ser capaz de pasarlo bien».

Muchos de los grandes descubrimientos del mundo han tenido lugar porque las ganas y las oportunidades han prevalecido sobre el temor al ridículo. Esta misma idea es la que defienden muchas de las personas mayores que participan en mis talleres y a las que yo suele preguntar: Si volvierais atrás en el tiempo, ¿cambiaríais algo de vuestra vida?

Algunas de las respuestas que encuentro con más frecuencia son del estilo: «Sería más atrevida, no me preocuparía tanto por lo que pudieran pensar los demás, habría tenido menos complejos, me habría divertido más…»

No esperemos a que alguien nos haga la misma pregunta el día de mañana y demos la misma respuesta. ¡Vamos a avanzar!

*Raúl Gutiérrez es psicólogo y autor del libro Autoestima, habilidades sociales y asertividad.

Imagen: Corbis Images

Autor: Raúl Gutiérrez

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