¿Le llamo o no le llamo?

¿Le llamo o no le llamo? Es la eterna pregunta sin respuesta de la vida moderna, no nos engañemos. Los móviles nos han traído muchas ventajas pero también muchos quebraderos de cabeza en el terreno sentimental y más de uno y de una preferirían volver a la época de comunicación vía paloma mensajera.

Todos renegamos de ellos en un principio y todos acabamos sucumbiendo. Del «¿Para qué quiero yo un móvil» o «Eso es de pijos» pasamos al «Me he comprado un iPhone 4» o «Te hago un Whatsapp» en lo que ha parecido un abrir y cerrar de ojos. Y ha supuesto un cambio tan grande en la manera de comunicarnos que muchas veces no sabemos cómo afrontar.

Cuando no existían esas máquinas de tortura sentimental a las que llamamos móviles todo era mucho más fácil. Conocías a alguien, acababas teniendo su teléfono fijo y cuando te atrevías (tampoco decimos que fuese un camino de rosas. Aún nos acordamos de marcar temblequeando ciertos números de teléfono) llamabas. Sólo había dos opciones: o estaba o no estaba. Fin de la historia. Si estaba iba bien o mal. Si no estaba te quedabas con la incertidumbre.

Había riesgos de meter la pata, claro está. Según se fueron modernizando las comunicaciones empezaron a surgir más servicios-trampa como, por ejemplo, los contestadores automáticos ¿Cuántos mensajes absurdos habrán podido quedar registrados en esos buzones de voz? Frases entrecortadas, titubeos, risas histéricas, confesiones alcohólicas…

Sin embargo, ahora existe un mundo de posibilidades. Un mundo imaginado por una mente retorcida y perversa, claro. A día de hoy puedes conocer una persona y acabar consiguiendo su dirección de correo electrónico, buscándole en Facebook, siguiéndole en Twitter, teniendo una conversación por Whatsapp, intercambiando mensajes de texto, añadiéndole al Skype o –atención- recibiendo una llamada suya por teléfono. Si no contacta contigo por cualquiera de estas vías tiene que ser porque claramente no está interesado ¿no?

Pues no. Obviamente es difícil de comprender pero el humano sigue siendo un ser complicado y por encima de todo, absurdo. Así que pese a que ese hombre que te gusta tenga más de 10 maneras de contactar contigo, puede que no lo haga (o por lo menos, no tan rápido como a ti te gustaría) ¿Qué hacer entonces? He aquí el dilema que los increíbles avances tecnológicos que en los años 90 ni nos atrevíamos a imaginar no han conseguido resolver.

¿Le llamo o no le llamo? Antes de empezar, una advertencia: si estás en ese momento de ansiedad máxima no te lleves el móvil cuando vayas a salir a beber. Acabarás usándolo para ponerte en ridículo y al día siguiente cuando te acuerdes (o alguna amiga te lo recuerde) querrás morir instantáneamente. Teniendo clara esta premisa, podemos seguir con el plan de 5 puntos de «La llamada»:

1-Envíale un mensaje de texto (vía SMS o mensajería instantánea, da lo mismo). Divertido y despreocupado, como si enviases mensajes de ese tipo a todo el mundo.

2-Espera a que te conteste. Dale 2 días de margen para hacerlo. Hay gente muy lenta en el mundo, aunque parezca que no.

3-Si te contesta, insinúale que te gustaría quedar para tomar una cerveza/café/ir al cine/lo que sea y déjate llevar. Si no te ha contestado en 2 días, respira hondo.

4-Llámale. Sólo le has enviado un mensaje anterior, así que aún no pareces una psicópata desesperada por amor. Si te lo coge juega bien tus cartas, que no parece que estás de los nervios. Muestra interés moderado e intenta quedar con él.

5-Si no te lo coge: BORRA SU NÚMERO. Cualquier paso más que des te estará llevando inevitablemente al pabellón de las pesadas. Y es un sitio en el que ninguna queremos estar. El amor propio, ante todo.

Imagen de WildFox.

Autor: Carmen Lopez

Comparte esta noticia en

Escribe un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *