La trampa de las autoexigencias

Todas las personas tenemos más o menos claro que que no se puede alcanzar la perfección. Hemos escuchado muchas veces que siempre se puede mejorar todo aquello que hacemos, de manera que no logramos nunca la perfección, y por otro lado cada uno tiene una idea diferente de lo que supone ser perfecto.

Lo importante no es saberlo, sino erradicar completamente esta idea de nuestra mente. No vivamos ni un segundo más sabiendo que no es posible y comportándonos como si lo fuera.

Saber puede ser el comienzo, pero lo verdaderamente importante es lo que hacemos una vez que lo sabemos. Para ilustrar esto, me gustaría poner un ejemplo que todos vamos a entender:

Imaginemos que al ir conduciendo sufrimos un pinchazo en una de las ruedas de nuestro coche. Ese día en lugar de llamar al seguro cambiamos nosotros mismos la rueda y cinco minutos después tenemos un accidente que tiene como consecuencia la fractura del brazo derecho. Tiempo después nos enteramos que el accidente se produjo porque no hicimos adecuadamente el cambio de rueda. Al cabo de tres meses volvemos a pinchar y decidimos realizar el cambio de rueda. ¿Lo haríamos igual que la vez pasada?

Si trasladamos este ejemplo a nuestra manera de comportarnos en relación a los problemas emocionales, la respuesta sería del tipo: “Lo haría igual, sé que está mal, pero es la manera que sé” o “lo haría igual porque es más fácil” o “lo haría igual, porque más vale malo conocido y prefiero romperme un brazo que arriesgarme a que me ocurra algo peor” o “lo haría igual porque aunque sé que está mal es lo que me sale. Yo cambio así las ruedas”… ¿no tiene sentido verdad?

Con el tema de la perfección y las autoexigencias elevadas ocurre algo parecido. Sabemos que es inútil intentarlo y que en el mejor de los casos ganaremos hacer un trabajo casi perfecto a costa de nuestra salud mental, de no dormir, no comer, obsesionarnos con la tarea, invertir todos nuestros esfuerzos en mejorar, frustrarnos al no conseguirlo, querer que todos piensen que lo hemos hecho bien y por tanto añadiendo mayor presión… y a pesar de saberlo, muchas personas viven con esa dualidad. Por un lado no creen en la perfección y por otro lado la esperan.

Lejos quedaron las terapias en las que el único fin era saber a qué se debía nuestro trauma, o el momento exacto, normalmente en la más tierna infancia, en que algo comenzó a ir mal. Saber no basta, hay que ir más allá.

Podemos aceptar que no todo va a salir de manera perfecta o de la manera que nosotros elegiríamos. Cuando aceptamos este hecho, empezamos a entender la vida y en especial los problemas de una manera distinta a la actual. Mucho más práctica, menos dañina y como consecuencia podemos intentar solucionarlos mejor.

Los seres humanos tenemos una gran capacidad para cambiar, pero somos tremendamente reacios a hacerlo, de modo que siempre encontraremos alguna justificación para quedarnos igual que estamos. Recordando el ejemplo del coche, elegiríamos cambiar la rueda exactamente igual o tan parecido que apenas supondría ninguna diferencia.

Una de las justificaciones que más usamos para no aceptar los acontecimientos que ya han ocurrido es pensar que aceptarlos supone someternos a ellos y no hacer nada por cambiarlos. Sin embargo, si miramos este punto más a fondo, nos daremos cuenta que precisamente la inmovilidad viene cuando no somos capaces de aceptar lo que nos ocurre.

Cuando no queremos aceptar una enfermedad es cuando no ponemos remedio ni buscamos ayuda para solucionarla; cuando no aceptamos que con nuestra pareja no somos felices es cuando no hacemos nada; cuando no aceptamos que nuestro trabajo no nos llena es cuando nos convertimos en máquinas; y cuando no aceptamos que no somos perfectos es cuando nos exigimos serlo. Aceptar es el primer paso para darnos cuenta de algo, pero también es el primer paso para no exagerar nuestras emociones, para comprender la imperfección y para entender algo tan cierto como que en la vida nos tocará vivir situaciones justas y otras injustas, positivas y negativas, y una vez aceptado podemos elegir cambiarlo o no. Porque como ya hemos dicho, aceptar no es someterse sino dejar de decir “qué injusto”, “¿por qué a mi?”, “no puede ser”, “es inaceptable” y empezar a buscarle solución.

Pues bien, un consejo para ser feliz es que aceptemos que no somos perfectos y dejemos de exigir que lo sean los demás. Y no solamente en situaciones vitales, sino en las que todos vivimos diariamente. Algunas de estas situaciones son: atascos, el mal tiempo, gente que nos trata mal, trabajadores incompetentes, conocidos que no nos saludan, parejas que alguna vez no nos apoyan, compañeros de trabajo con mucho morro, jefes que no valoran siempre nuestro trabajo, vecinos que hacen demasiado ruido, amigos que se portan mal, personas que a veces nos engañan, fallecimientos, accidentes o enfermedades.

Todo eso nos ocurre o puede ocurrirnos en algún momento, por eso es bueno aceptarlo como parte de la vida. Estoy de acuerdo en que puede ser la parte negativa de la vida, pero recordad que es totalmente compatible aceptar y modificar, siempre que sea posible cambiarlo y queramos hacerlo. Seguro que aceptamos como parte de la vida que el pelo crezca, y a pesar de eso nos lo cortamos. Pero no nos negamos a verlo ni pensamos que es lo peor que nos podría ocurrir. De hecho, a muchos ya podría crecernos un poco más… o no, porque no somos perfectos.

*Raúl Gutiérrez es psicólogo y autor del libro Autoestima, habilidades sociales y asertividad.

Imagen: Corbis Images

Autor: Raúl Gutiérrez

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