Era la de una cajita de caudales verde, en la que el iba metiendo sus escasos ahorros durante el año para, en verano, correrse sus buenas juergas.
Abrío con la misma mano el armario que estaba junto a la cama, en el mismo lado izquierdo.
Abajo, sobre los cajones, estaba su caja.
La acercó, sacó su mano derecha y con la otra la abrió y.
Y la abrió.
Se llevó, ante mi sorpresa la mano a la boca y, tras ensalivar sus dedos se los llevó a su culo.
Saco un enorme objeto de plástico de la caja y la dejo caer al suelo.
El estruendo que provocó me hizo salir de mi sueño y ver, con pasmo, como ponía en marcha aquello, que no era sino un vibrador y lo introducía en su culo.
Se me heló la sangre.
Estoy segura que, si me hubiesen pinchado, no habría sangrado lo más mínimo.
No podía creerlo; Albert era un marica! Me levanté medio histérica.
Me dirigí a la puerta y, al girarme para recriminarle su actitud, vi, que completamente empalmado, se estaba masturbando con una mano mientras, con la otra, movía el consolador.
Me fuí a mi habitación y rompí a llorar.
Pensé en que un día que había empezado tan bien, porqué tenía que darme tantos sinsabores y decidí darle un giro total.
Iba a ir a comer y hacer borrón y cuenta nueva de lo sucedido hasta aquel momento.
Tenía claro dónde comer.
Desde hacía 3 años, como dije, ibamos al hotelito que estaba al lado de casa.
Había allí un camarero -cada verano- que desde mis 14 años era el protagonista de mis sueños de verano y parte de los de invierno.
Era un italiano, estudiante temporero, llamado Luca.
Mis amigas, entre comentarios, decían que el miembro de un hombre, guardaba proporción con el tamaño de sus manos, pies y con la mesura de sus uñas.
Pues bien, Luca tenía enormes pies, grandísimas manos, que casi cubrían un plato y unos dedos inmensos coronados por unas uñas gigantes.
Tenía además un cuerpo, una cara, unos ojos, unos pómulos y unos labios que me hacían pensar que Dios tenía forma humana.
De su tórax, qué deciros.
Tenía además unas macizas piernas y, cuando iba hacia la cocina, mostraba un trasero que ya quisieran para si esos globos terráqueos que venden hechos de plástico.
De lo único que no podía dar fe, era de su paquete, dada la afición de Luca a los pantalones (negros, obligados por su oficio de camarero), con unas pinzas enormes, que desdibujaban la parte de delante.
Mi pregunta era.
Estaría también este verano Luca aquí en el hotel como camarero ?
Fuí casi corriendo, eran más de las 3 de la tarde.
El comedor estaba vacío.
Ya sabéis el horario de comidas de los extranjeros.
Esperé unos segundos, que me parecieron siglos y.
una humedad cálida, inmediata, creo quecasi elaborada durante minutos anteriores me hizo reaccionar.
SI!
Luca estaba también este verano !
Me saludó con su perfecto catalán, eso sí, con su gracioso acento italiano, me dió los consabidos besos en las mejillas y me preguntó por mis padres, como siempre.
Nunca me mencionaba a Albert, lo cual en este día era de agradecer.
Yo pensaba siempre que, siendo ambos jóvenes y a cual más guapo, era cuestión de gallitos.
Cada uno debía sentir un poco de recelo del otro.
Luca, lo sabía por otros años,entraba a trabajar un poco más tarde - vivía en el propio hotel-, pero era el último en servir el comedor.
Descansaba después unas 3 horas, si la gente lo dejábamos y se incorporaba después a servir las cenas, siendo también el último en salir.
Por las mañanas, según me había contado, en lugar de ir a la playa, estudiaba en su habitación.
No quise hacerle esperar para descansar y comí rápida.
Yo creo que le comí más con mis miradas que no lo que me pusieron en el plato.
Este año había cumplido los 20 y estaba imponente.
Sus piernas continuaban siendo las columnas de mis sueños.
Su trasero, inmenso, el agarradero para asirse a él y sentir mis soñados embates.
Su pecho, el que Maciste quisiera, su cara.
Oh, no.
Me había vuelto a mojar.
Menos mal de la compresa !
Me fuí como loca para casita.
Albert se había ido.
Ojalá no volviera jamás !.
Me metí en mi habitación y me quedé con el sujetador y las braguitas.
Me tumbé en la cama.
Me gustaba quedarme en ropa íntima, porque así soñaba que me metían mano y me la sacaban unas veces poco a poco, otras violentamente.
Empecé a tocar mis pechos por encima del sostén.
Mis manos regiraban sobre ellos y el meñique se deslizaba debajo de él.
Bajé una mano a mis braguitas e introduje el dedo índice.
La compresa empezó a cumplir su cometido.
Mi culito se arqueaba de placer.
Mi boca besaba otras bocas imaginarias y.
Mierda, esta vez si me di cuenta.
La puerta de la calle se había abierto!.
Paré mis toqueteos.
Me quedé muda y parada y me fingí la dormida.
¿Habrían vuelto ya mis padres?
Albert, cuando salía por las tardes, no solía regresar hasta la madrugada.
Ni siquiera venia a cenar.
Oí una voz apagada.
Vaya, era él.
Albert hablaba flojo, con voz queda.
Sonó la puerta de su habitación y oí como esta se cerraba.
Se apagaron las voces.
Me levante descalza, sin hacer ruido alguno.
Recorrí el trocito de pasillo y me pegué a su puerta.
Nada !, hasta que de pronto, me sobresalté al percibir un sonido metálico contra la madera.
Lo primero que pensé fué en las enormes hebillas de los cinturones de mi hermano.
Dejé pasar unos segundos y abrí la puerta de par en par.
Lo que vi fué la guinda que completaba el día.
Mi hermano, desnudo estaba con el culo en el borde de la cama con las piernas en alto y abiertas.
Un chico, desnudo su torso, le sujetaba uno de los tobillos y con la otra mano le ensalibava el culo, y ese chico era LUCA.
Mi ira estalló.
Albert estaba sujetando los hombros de mi italianito como si quisiera indicarle que pasara de mi y continuara.
No podía más y me fuí hacia ellos.
Me acerqué a la cama y, fué entonces cuando la cosa cambió.
Luca se liberó de las manos de mi hermano y se abalanzó sobre mi.
Mi primera reacción fué de asco y quise sacármelo de encima, pero a los pocos segundos reaccioné.
Qué mejor ocasión de castigar a mi hermano, por marica, que la de quitarle el “novio”.
Por otra parte Luca estaba inmenso !.
Lo primero que hizo fué sujetarme las muñecas y besar mi ardiente boca.
Una oleada de su saliva, cálida, dulce, enórmemente dulce y sabrosa vino a mi paladar.
Al ver que ya no ofrecía resistencia, llevó mis manos sobre mi sujetador, acarició mis pechos con una impaciencia irrefrenable y a los pocos segundos me lo sacó y lo lanzó contra la balconera.
Acariciaba con sus labios mis pezones.
Con sus dientes, sin clavármelos, los rozaba y yo.
me mojé y mucho para variar.
Creo que él se dió cuenta, porque cambió de pecho y con una mano me acariciaba el pezón de uno y con la otra se dirijió a mi “cuevecita”.
Allí, empezó a acariciar mi clítoris, al principio lentamente, luego con furia.
Seguía acariciándome hasta que llené su mano con mi pegajoso y espeso flujo.
Un segundo orgasmo me sacudió.
Me soltó toda y acabó de tumbarme al lado de Albert.
Su cabeza bajó a la misma posición que la que le vi cuando entré en la habitación y empezó, tras arrancarme las braguitas, a comerme aquello que yo tanto deseaba.
Cerré los ojos y enloquecí de placer.
Poco o nada tardé en sentir mi tercer gozo.
Apenas Luca se percató de ello, noté como su boca se retiraba de mi sexo y su lengua se dirigía hacia mi culito, al tiempo que empezaba a lamérmelo.
Abrí los ojos, me incorporé un poco y vi como, con una de sus manos, estaba acriciando los testículos de Albert, que se había puesto tieso como el asta de una bandera.
Sería cerdo el tío.
Estaba jugando a dos bandas.
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