Relato Erótico
Discretamente le pregunté sobre el caso y con un poco de reserva me confesó que le tenía temor a los hombres. Con la simpatía y carisma que me caracteriza logré que me dijera un poco más sobre el asunto y entonces enterarme de que lamentablemente ella había sido educada muy estrictamente y con muchas limitaciones y advertencias sobre los hombres.
Su madre, aparentemente, había sufrido un gran desengaño y había quedado a cargo de una hija desde muy joven.
La consolé y le brindé mi apoyo y mi fuerza. Le dije que no todos los hombres eran así, que tampoco todas las mujeres eran iguales y que cada persona era diferente y especial. Que tenía que darse una oportunidad de abrirse y probarse como mujer. Eso la asustó.
Me comentó que el sexo la asustaba. Le aclaré que hablaba en términos figurados y me refería a sus capacidades como mujer, como ser humano. Aunque, una vez tocado el tema del sexo, le comenté que era uno de los varios aspectos a explorar; que el sexo no tenía nada de malo, y que bien llevado, se podía disfrutar plenamente sin tener riesgos de ninguna especie.
Le pregunté que si tenía confianza en mi y, seguramente recordando los años que fue mi secretaría y conociéndome, me contestó que sí. Le dije que le iba a enseñar muchas cosas y que la iba a llevar a un lugar en que pudiésemos estar solos, y que allí iniciaría su educación... y su vida.
Cuando entramos a la habitación, se puso algo nerviosa, pero la tranquilicé firme, pero suavemente. Entonces me dijo que DEBÍA llegar virgen al matrimonio. Le sonreí y le aclaré que se podía aprender mucho y se podía disfrutar bastante SIN perder la virginidad, y que si realmente QUERÍA permanecer virgen, así sería, pero no era un deber u obligación.
Comencé deseándola a distancia, mirándola y mandándole con los ojos mensajes de amor y de cariño.
Me acerqué lentamente y la rocé suavemente, con ternura, recorriendo cada parte de su cuerpo, sin detenerme demasiado tiempo en un sólo lugar.
Mis labios se acercaron a su boca expectante, pero no los tocaron; sentimos nuestros alientos y nuestra mutua sed de amor. Entonces sí, nuestros labios se juntaron. Con los ojos cerrados fui reconociendo o, más bien, conociendo por primera vez sus labios, su cara, sus ojos, su frente, sus oídos, su cuello, su pecho y el resto de su cuerpo.
Al regresar a su boca abierta, mi lengua se aproximó a la suya. Nuestras lenguas se besaron, se acariciaron y se amaron. Mi lengua contó sus dientes y acarició sus encías. Ella suspiró y probablemente alcanzó su primer orgasmo.
Le sonreí amorosamente, la abracé y le miré profundamente en sus bellos ojos. Le di tiernos mordiscos en sus labios, en sus oídos y en sus pechos, por encima de su blusa.
Lentamente la fui desnudando. Su blusa, su falda, sus braguitas y su sujetador fueron descubriendo poco a poco su hermosísimo cuerpo, su piel blanquísima, aunque algo ruborizada.
Con algo de timidez y de recato, se tapó sus pechos y su sexo. La abracé, ella desnuda, yo vestido. Le di calor y seguridad. Nos besamos. Ella me correspondió; ya estaba aprendiendo e incluso experimentando.
Recorrí con mis manos su piel desnuda. Ella vibraba. Esta vez me detuve un poco más en algunos lugares: su nariz, su cabello, sus brazos, sus muslos, sus redondos glúteos y esa parte carnosa abajo de ellos y su unión. También acaricié suavemente sus pies, sus pechos y su ombligo. Ella se sentía amada.
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