Siento los latidos de mi miembro, pensando en penetrar alguna boca, un culito o una rosada vagina y comienzo nuevamente a moverlo, a masajearlo cada vez con mayor fuerza, más desordenado, menos acompasado, abro mi boca para expresar mi calentura, muevo mi pelvis buscando el cuerpo caliente de una mujer y no lo encuentro, hasta que emerge como un volcán todo mi semen, tibio y caliente, espeso y vivo, que cae sobre mi vientre hasta la ultima gota, que comienza a recorrer las sábanas mientras me retuerzo en él y disfruto de mi propio líquido, deseando buscar con ansias un momento de mis sueños puramente sexuales, con quien este más cercana".
Cuando termino de contarle, la miré y su rostro era otro... estaba sonrojado, con los labios semiabiertos, los ojos semicerrados, sus manos entre sus piernas... y en silencio... absoluto silencio. Le pregunto: - ¿Te ha gustado?-. Me dice: -Gonzalo, ¿piensas en mí? Sonrió y abrió los ojos en un gesto de admiración y sorpresa. - Eso lo dejo a tu imaginación -, le dije.
Continuaron con mayor frecuencia sus paseos de fin de semana o en las tardes, en short recortado que dejaban asomar sus cachetes encantadores. Eso me mantenía a mil. Todos esos días de fin de semana, en que ya cada vez salía menos con mi amigo, conversábamos, nos buscábamos, nos mirábamos, pero sobre todo, nos acercábamos, tocando nuestras manos, brazos, cuerpos, con roces suaves, calientes, ricos. Eran toqueteos tenues, pero eléctricos. Ella miraba con un dejo de cariño, cada vez más, a veces hasta con angustia.
Hasta que ocurrió lo inevitable. Esa mañana, desperté con mucha modorra. La casa estaba en silencio. Alicia al parecer, no estaba. Me levanté, bajé al primer piso y entré a la cocina. Mi sorpresa hizo que definitivamente, despertara. Allí estaba, arriba de un piso enclenque, con su pijama-short, mostrando sus bonitas piernas y revisando una repisa que estaba alta. ¡¡Sujétame, que me puedo caer!! Me dice casi gritando. Levanto los brazos levemente y la cojo de la cintura. Su culo me queda a la altura de mi cara. Me comenta algo que no presto atención. El mundo para mí, era ese trozo de ricura, entre su cintura que palpaba, sus glúteos y sus piernas.
Pero todo eso acompañado de un olor exquisito, indescriptible, hormonal, de hembra en celo. Con cada movimiento que hacia, le apretaba su cintura cada vez más y pude apreciar al menos la sombra de los pelitos de su sexo. Ya no aguanté más.
Acerqué mi boca a sus piernas, a la altura de sus muslos y comencé a besarlos. Esperé su reacción unos momentos y no escuché el ruido de los tarros que movía, sólo noté la mayor tensión de su cuerpo. La seguí besando e inicié unos mordisqueos al inicio de sus nalgas. La tomé de la cintura con más fuerza y le dije: ¡Bájate!, con un tono de orden.
Nos miramos a los ojos y sin más, comenzamos a besarnos tímidamente, como probando nuestros labios, luego fue más intenso, enredando nuestras lenguas, sintiendo nuestro aliento expelido por una cada vez, una más agitada respiración, la abracé, la traje hacia mí, la apreté, quería que sintiera mi arma, mi herramienta, lo duro que ya estaba, y que le quedaba a altura de su abdomen.
Empecé a palpar su espalda, a levantarle su pijama, me doblé levemente para comenzar a gozar de sus tetas, sus pezones, esas dos cosas ricas que hacían descontrolar mi cuerpo, pues ya la estaba empujando con mucha fuerza sobre el mueble de la cocina. Sentí sus quejidos, mientras le sacaba la parte superior del pijama y a la vez, me bajé la parte inferior del mío. Tomé su mano y la puse sobre mi miembro. Sin más, me empezó a pajear. -¿Te gusta?, es todo tuyo, ¡quiero que te lo comas!-, le dije.
Ella continuó pajeándome, mientras lo miraba con toda la calentura de su rostro, que jamás imaginé. -Estamos locos-, me dijo. Se sentó en el mueble de la cocina, a la vez que se bajó su short y pude ver su coñito, mientras separaba su pierna derecha y ponía su pie sobre ese piso enclenque. Sin más, besé sus muslos, no tengo descripción para ese olor a sexo puro, fuerte olor, exquisito de sus jugos. Pero oler no me bastó, pues como un animal mordí sus labios: ¡¡¡AYYY!!!
Cálmate, loco... por favor... ¡chúpame.fuerrrrte!. Metí mi nariz, hasta que no pude más y unas primeras succiones a su clítoris que no me costó nada encontrarlo. Ahí estaba, durito, mojado, rosado y disponible. No sabía a esa altura si era el olor, el sabor o lo que estaba viendo lo que me tenía transformado en un animal. Pero tenía unas ganas locas de apretarla, metérselo sin importar si ella estuviese preparada. Era una excitación acumulada de años.
-Vamos arriba, a mi cama-, me dijo. Mientras subíamos, nos fuimos tocando, ella, mi polla y yo, su trasero. Corrió a su cama, hundió su cabeza en su almohada, levantó su culo y me dijo: Ahora, te lo ruego, métemelo. -Todavía no, amor -. Acto seguido, metí mi lengua en ese culo y vagina de vicio. Le pasé la lengua por su ano, mientras con mis manos separaba sus cachetes, Recorrí con mi lengua desde sus muslos hasta su ano, varias veces, sentía sus jugos vaginales en mi mejilla, su olor era un perfume de sexo. Sus quejidos eran intensos, los míos también. Se movía de lado a lado.
-¿Dónde aprendiste a hacer eso?-. No contesté, y seguí en mi faena, claro que me ayudé con dos de mis dedos, quería por momentos hasta que le doliera. Uno se lo metí en su vagina, el otro, se encargó de su ano. Ahggg!!! Exclamaba, con su cara perdida entre sus dos almohadones y su culo cada vez más expuesto, más mojado. Seguí con un mete-saca con mis dedos, mientras con mi otra mano busqué tomar una de sus pechugas, que ya se movían locas al compás de ese vaivén de entrega. Juro que si en ese momento, entraba mi esposa, no habría cambiado un ápice mi concentración y calentura con Nora. Ella era el sentido de mi vida. Hasta que sentí el primer momento de su orgasmo, acompañado de quejidos y gritos cortos Ah... Ah... Ah... así...
Sin esperar, recogí con mi boca y mis manos, la mayor cantidad de sus jugos y se los llevé a sus labios, a sus tetas, la besé mientras le metía las manos en el pelo, estirándoselo con fuerza.
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