La monja ya no es virgen...
Sus padres nunca alentaron aquella incipiente vocación, pero tampoco se opusieron, dejaron que las cosas siguieran su curso porque Clara aun era joven y seguramente cambiaría de opinión varias veces antes de alcanzar la madurez de su vida. De todas formas, pasaban los años y ella se aferraba más y más a esa convicción: no faltaba jamás a los grupos de oración adolescentes, participaba en misiones comunitarias, viajaba a diferentes puntos del país con gente de la parroquia y era la mano derecha de la hermana superiora de su colegio en lo que a la organización de estas tareas se refería.
Mariana y Abel eran lo opuesto, no pisaban una iglesia ni por encargo, no querían saber nada porque no creían en nada y a veces les daba rabia ver a su pequeña hermana tan metida en todo eso y sentían que no estaba viviendo la vida como correspondía a una adolescente de su edad. Clara era bellísima, realmente era una morena muy hermosa, tenía grandes ojos color noche y una piel cetrina, suave y tersa. Lo que más llamaba la atención de ella era que tenía una belleza fuerte, un rostro hermoso, pero muy exótico, tenía una mirada casi diabólica, pero todas esas características se diluían entre rezos, cirios y obras de caridad.
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