Relato erótico
Al principio sólo conseguía tragar la mitad de la polla, sus mandíbulas aparecían tensas por el esfuerzo, pero en cada arremetida conseguía que entrara un poco más profundo. Notaba cómo iba abriéndome paso en su garganta despacio, notaba el roce de las paredes sobre mi capullo, cómo íbamos llegando a niveles inferiores, me estaba haciendo una mamada como nunca me habían hecho y quería disfrutarla lo más que pudiera.
Finalmente, llegó con sus labios hasta la base de mi polla, permaneció allí unos segundos como signo de victoria, y fue dejándola aparecer centímetro a centímetro mientras me miraba con una sonrisa en los ojos. Se separó un poco observando su juguete, todo mojado por la faenita que estaba haciendo y duro como una roca, tanto que me proporcionaba un dolor fino, pero placentero al tiempo.
Empezó a lamer el capullo únicamente con la lengua, dibujando cada contorno, para luego comenzar a descender lentamente hacia mis huevos. Con una mano me estrujaba y me lamía los huevos, mientras con la otra me pajeaba de una forma magistral, aprovechando toda su saliva perdida por el camino. Yo estaba en el cielo, me iba a correr y no iba a poder evitarlo si seguía a ese ritmo, era imposible para cualquier hombre soportar este tratamiento sin correrse en poco tiempo.
Se lo hice saber, y me respondió metiéndose nuevamente el capullo en la boca, para mamarlo y lamerlo al mismo tiempo y provocar mi orgasmo. No aguanté mucho esa nueva acometida. Mi cuerpo empezó a convulsionarse por el tremendo orgasmo que me estaba provocando esa boca de ensueño. Advirtió el momento de no retorno, e intensificó el sube y baja de su cabeza.
No se separó en el momento de recibir la primera descarga de semen, que fue a parar directamente a su garganta, ni tampoco en las siguientes, tratando de tragar todo lo que salía de mi pene en erupción. Parte de mi leche se le escapó por la comisura de los labios, pero se encargó de recuperar lo perdido. Sólo cuando mi pobre cuerpo dejó de agitarse por el gran orgasmo que me había provocado, dejó escapar mi polla de la prisión de sus labios.
Su boca aparecía grumosa y empapada de mis jugos, pero ella no hacía más que relamerse y recoger los restos de la venida que habían quedado sobre mi aparato, mientras no dejaba de moverlo. Se la veía satisfecha y con la otra mano no paraba de acariciarse entre las piernas, donde se distinguían unas preciosas braguitas empapadas del flujo fruto de su excitación.
-¡Vaya cantidad de leche te ha salido, cariño! ¿Qué estabas toda la mañana pensando en metérmela? - Esto no ha hecho más que empezar.
Recuperando las fuerzas después de tan gran orgasmo, me levanté y la hice levantar para fundirnos en un desenfrenado beso de lujuria. Mis manos me parecían poco para recorrer todo su cuerp aprovechaba para besar y morder mi pecho, pellizcarme los pezones y sobarme la polla endurecida nuevamente.
Cuando a pesar de la dulce tortura conseguí mi propósito, aparecieron ante mí el par de senos mejor formados que haya contemplado en mi vida: eran prácticamente redondos, quizás algo erguidos hacia arriba a la altura de unos pezones rosados que invitaban a mi boca a acercarse, y a simple vista parecían totalmente naturales. ¡Qué maravilla!
A duras penas conseguí tumbarla sobre la mesa, mientras mordisqueaba su cuello, para irme deslizando lentamente hacia aquellas gloriosas montañas y sustituir mis manos por mi boca. Eran duras como piedras y mis manos se deslizaban como si fueran de mantequilla. Acerqué mi boca hacia uno de sus pezones y dejé caer mi aliento sobre él, notando una pequeña convulsión: su aureola era pequeña en relación su tamaño y ya estaba completamente erguido.
Empecé a alternar entre lamidas, succiones, mordiscos y pequeños soplos mientras mis manos se encargaban de delimitar todos los contornos de esas esferas, y notaba cómo Elena empezaba a estremecerse y a dejar escapar pequeños gemidos que alentaban aún más mis acciones. Una mano curiosa fue dejándose caer poco a poco por su estómago, presionando suavemente su bajo vientre, recorriendo muy sutilmente la parte interna de su muslo y su ingle, siempre sin llegar a tocar su sexo.
Elena estaba ya como loca y movía sus caderas intentando que me dirigiera de una vez hacia su cuevita, pero yo alargaba el momento haciéndola sufrir sólo un poco.
Relato erótico: Al fin consigo que mi cuñado me desvirgue
Relato Erótico: En su noche de bodas, la novia se desnuda para otro
Relato Erótico: Obligo a la mujer de mi amigo a masturbarse en mi presencia
Las diez maduritas más sexys de Hollywood
Movie Star
Climbing for love
Manicure game
Net pet
21.10.2008 - 23:40h - Anonimo dijo:
27.10.2008 - 15:22h - Anonimo dijo:
28.10.2008 - 01:02h - marce dijo:
28.10.2008 - 15:51h - Maria Eugenia dijo: