Relato erótico
Dos días después, recibí la llamada. Elena en persona me comunicó que podía incorporarme mañana mismo, y me advirtió que acudiera bien vestido al trabajo porque teníamos que estar de cara al público y la imagen era una cosa fundamental, y añadió "bastará que vengas tal y como ibas en la entrevista, porque seguro que vas a causar buena imp primeros días de trabajo fueron de adaptación a la nueva situación, tanto por su parte como por la suya.
Me delimitaron mis tareas y me explicaron muy básicamente los detalles de la oficina. Desde el principio, me encontré a gusto con el trabajo, si bien sólo me incomodaba el que mi jefa se mostraba totalmente aséptica, amable, pero distante al tiempo, lo que me hizo dudar de sí me había imaginado cosas que no eran realidad. Sin embargo, poco a poco fui dándome cuenta de que no era así.
A partir de las dos semanas, mi jefa cada día vestía con mayor agresividad, siempre dentro de unos límites, pero los escotes y las minifaldas empezaron a aparecer cada vez más a menudo. Es más, en multitud de ocasiones y con la excusa de preguntarme por mi opinión, se acercaba a mi mesa y me deleitaba con unas profundas visiones de su escote y con algún otro roce descuidado de sus tetas en mi hombro de una forma cada vez más atrevida, coincidiendo con las salidas de su marido al archivo contiguo o a la calle.
Y como su mesa estaba contigua y muy cercana a la mía, también me ofrecía una respetable visión de sus torneadas piernas que no paraba de cruzar y mover para que contemplara la textura y el tacto que debían tener esos muslos de ensueño.
Era tal la situación que había momentos en que no podía concentrarme en el trabajo de tan empalmado que estaba, cosa de la cual ella se daba cuenta porque siempre buscaba alguna excusa para hacerme levantar de mi mesa-refugio cuando más rígido se encontraba mi aparato. No sabía qué hacer, porque si me equivocaba en sus intenciones, podía mandar el trabajo a la mierda, cosa no muy recomendable, pero tampoco me quitaba de la cabeza ese cuerpo que deseaba poseer y hacerlo mío.
No fueron pocas las noches en que llegaba a casa y lo primero que hacía era masturbarme furiosamente para desahogar toda la tensión del día, pensando en cómo sería follarme a Elena una y otra vez, penetrándola por todos sus orificios y llenándola de semen hasta caer rendidos. Las manchas en el sofá son testigo de mis venidas nocturnas.
Finalmente, un viernes de octubre mis dudas quedaron disipadas. Juan, el marido de Elena, era el encargado de visitar a los clientes, por lo que frecuentemente se ausentaba de la oficina.
Ese día, cerca de las dos de la tarde, Juan llamó a Elena para decirle que no le iba a dar tiempo a volver a la oficina, que comería en cualquier sitio y que volvería sobre las seis de la tarde porque tenía que hacer varias visitas a clientes de una ciudad vecina. Cuando dieron las dos y me disponía a apagar el ordenador para irme a comer a casa, observé cómo Elena se acercaba a la puerta de entrada y echaba el cerrojo interior, al tiempo que me miraba con una expresión pícara en la cara.
Una lucecita amarilla se encendió en mi mente, y mi polla dio un salto dentro de mis pantalones ante la perspectiva que se planteó inmediatamente en mi cabeza. Elena fue acercándose a mi mesa al tiempo que me hablaba: - Erick, no vamos a andarnos con rodeos. Sabes que me atraes mucho, y yo sé que estás deseando follarme desde la primera vez que nos vimos. No estaba segura al principio, pero he comprobado cómo has reaccionado ante mis insinuaciones. He visto el estado de tu aparato muchas veces, y me mojaba sólo de pensar en enterrarla hasta lo más profundo de mi interior. Sé que te preocupan mi marido y el trabajo, no sé en qué orden, pero te aseguro que lo que pase entre estas cuatro paredes, quedará únicamente entre nosotros.
Mientras me decía todo eso, mi polla estaba cada vez más dura y mi lujuria se desbordaba por momentos. Sus palabras me tranq hablar fuerte cuando vas a follar, guarra. Sácame la polla y hazme gozar.
No tardó mucho en hacerme caso. Bajó la cremallera, metió la mano y no tardó en encontrar lo que buscaba. No voy a decir que tengo una cosa descomunal entre las piernas, pero creo que sé manejar mis 18 cm. de una forma satisfactoria, acompañados por un grosor que sí es destacable.
Cuando Elena obtuvo su fruto, la observó por un momento, acercó su cara a mi entrepierna, hizo resbalar la piel sobrante hacia abajo, dio un pequeño toque con los labios a mi capullo, luego otro con la lengua y se lanzó a devorar mi polla como una posesa. Recorría el contorno con la lengua con sucesivas pasadas y una vez ensalivada toda la extensión, empezó a metérsela poco a poco en la boca al tiempo que succionaba con fuerza.
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21.10.2008 - 23:40h - Anonimo dijo:
27.10.2008 - 15:22h - Anonimo dijo:
28.10.2008 - 01:02h - marce dijo:
28.10.2008 - 15:51h - Maria Eugenia dijo: