El desconocido se presentó, y sólo me comentó si quería compartir con él, el largo de su botella. Llevaba una botella de Bourbon en la mano, estaba medio empezada, y ante aquellos ojos, no me pude negar, al contrario, algo me decía, que siguiera.
La conversación se animaba, y la calidez de mi desconocido era evidente, los roces con mis manos, me hacían estremecer, y su hombría me descontrolaba. Mi pelo, corto y muy rubio, casi masculino, llamó la atención de mi desconocido, que se lanzó ávido a tocar, no dejándose ni un sitio de mi cabeza por repasar con sus manos.
La botella de Bourbon estaba casi terminada, y mi embriaguez dejaba paso, a una desinhibición casi brutal, deseando casi por segundos, que aquel desconocido, se hiciera dueño de mi cuerpo. Creo, que mi mirada me delataba, ya que él, osada y rápidamente, comenzó a desabrochar la cremallera de aquel ajustado traje. Mis piernas se colocaron inconscientemente entre las suyas, notando aquel divino tesoro escondido, cuyo volumen era evidente, iba "in crescendo", a cada roce de mis rodillas.
Notaba sus manos en mis muslos, unas manos grandes, fuertes, firmes, poderosas, y mi cuerpo se estremecía, abandonado casi, por la embriaguez del lugar, casi más que del alcohol. Noté sus manos en mi nuca, despejada por el corto extremo de pelo que llevaba, y sin dejar de quererlo, mis pezones, mis pechos, luchaban por salir de aquella prisión de traje, húmedo ya por el sudor que mi cuerpo desprendía.
De forma decidida, apoyé mis brazos en sus muslos, y acerqué mi rostro al suyo, casi sintiendo su aliento, húmedo, caliente, turbador, y notaba la aspereza de su rostro, en el mío, cuidado y maquillado, tal y como mi profesión exigía.
Aquel roce, fue un detonante, mi desconocido, sin mediar palabra, agarró mi mandíbula y acercó sus labios a los míos, dios... pude sentir aquella lengua, poderosa y constante, dentro de mi boca, como buscaba mi lengua, casi retrasada por la sorpresa del gesto, pero la cual, respondió rápida ante el acoso de aquella lengua desconocida.
Mi desconocido, me levantó bruscamente de aquel taburete, y agarró mi cuerpo de tal forma, que casi se fundió con el suyo, notando su entrepierna a punto de reventar, mis manos, sin saber exactamente donde tocar, (había tanto por tocar), comenzó por el principio, directa al grano, sin vacilar, y aquella extensión de su cuerpo, casi no cabía en la palma de mi mano. Él realizó la misma operación, colocando su gran mano, justo al principio de mi cremallera, notándola bajar por el traje de cuero, casi ya dilatado por tanto calor, buscando ávida mi sexo, humedecido por tanta excitación.
Noté sus dedos, ásperos, marcados por el trabajo, quizás manual, como jugueteaba con un clítoris ya inflamado, y como sin dudarlo, metió dos de sus dedos en mi vagina, haciéndome gemir de placer, un gemido casi mudo, ya que mi lengua seguía ocupada con la visita de aquella lengua maestra.
Arqueé mi cuerpo, dejando al aire mis pechos, turgentes, agresivos, excitados, unos pezones que deseaban ser devorados, mordidos, pellizcados, sin apenas compasión, dejando incluso paso al dolor, mi estómago se convulsionaba como si un terremoto pasara sobre él, mientras mi espalda, apoyada en la barra de aquel bar, estaba empapada, notando como las gotas de sudor, caían hacia la comisura de mi culo.
Mi desconocido seguía introduciendo aquellos dedos amaestrados, en lo más profundo de mi vagina, una vagina chorreante, desesperada de placer, ansiosa de ser perforada, mientras mis manos, casi de forma torpe, iban desabrochando aquella cremallera, que conducía al pene más enorme que mis manos y mi cuerpo habían sentido nunca. Casi sorprendida, mi cuerpo quiso hacer muestra de rechazo, pero mi alma, deseaba ser taladrada por aquella enorme herramienta.
El no lo dudó, se retiró un sólo instante de mi cuerpo, como queriendo ver el deseo que mis ojos emanaban, evidente, palpable. Mi labio inferior, no paraba de ser agredido por mis propios dientes, como queriendo reprimir aquella ansia, aquel deseo, y sin dudarlo un solo segundo y de forma instintiva, me arrodillé ante aquel órgano de placer, introduciéndola casi de un golpe en mi ávida boca.
Notaba su calor, su fuerza, era casi imposible introducir todo aquello en mi boca, y casi tocando mi campanilla, lamía sin parar aquel enorme pene, turgente y a punto de reventar. Mi lengua la rodeaba, sentía la suavidad de su glande, la dureza de sus venas, palpitantes, y como sus primeros fluidos se depositaban en mi lengua, dejando aquel sabor agridulce, tan fresco y tan caliente a la vez, y notaba las manos de mi desconocido como empujaba de forma rítmica mi cabeza a su pene, sintiendo el temblor de sus piernas, el ímpetu de su cuerpo, la fuerza de su ser.
A punto estuvo de estallar su fantástico pene en mi garganta, pero mi desconocido, de forma suave, pero brutal a la vez, me hizo levantar, giró mi cuerpo, y casi desgarró mi traje de cuero, dejando mi espalda y mi culo, completamente al aire. Me agarró por la cintura, y me hizo apoyar en la barra de aquel bar, pegó mi cabeza al mostrador, para dejar que mi cuerpo abriera todos mis orificios, y de forma sutil, sin prisa, casi sorprendida, fue introduciendo aquel enorme, colosal y fantástico pene, en mi culo.
Nunca, jamás, había sentido aquella sensación de placer, de dolor, una mezcla entre ambos sentimientos. Cogió mis pechos fuertemente, pellizcando mis pezones, mientras su pene me taladraba más y más, mientras mi cuerpo se estremecía del dolor y placer sentido, casi me hizo gritar del dolor que sentía al pellizcar fuertemente mis pezones, de cómo los estiraba, y de cómo mordía mi nuca, haciéndome sentir un escalofrío, que bajaba justo, hasta mi culo, lugar donde se libraba aquella batalla de dolor y placer.
Sus enviones eran constantes, notaba la crecida de su pene, cada vez más palpable, y también podía notar la lubricación de mi propio orificio, sorprendido gratamente por semejante arma. La lucha era constante, se iba haciendo cada vez más descontrolada, más firme, más fuerte, notaba el sudor de su estómago en mi espalda, su pene empujaba una y otra vez, y mi culo se iba abriendo, cada vez más, cada vez más dilatado, y más cerca de la explosión final.
Sentí su aliento en mi nuca, sentí susurrar unas palabras, mi desconocido me decía, de forma suave, erótica, transgresora, que su pene, ya no aguantaría mucho más, y que quería sentir mi orgasmo en aquel pene descomunal.
No tardé mucho, en sentir como un escalofrío, como una rotura, creía que algo dentro de mí se había hecho añicos, pero rápidamente, un bálsamo, caliente, acogedor, calmó el desgarro de aquel placer. Mis piernas temblaban de tal forma, que dudaba poder seguir en aquella postura, casi de pie, sólo sostenida por el ímpetu de mi desconocido.
Sentí los jadeos rotos, roncos, profundos de mi desconocido en el principio de mi espalda, mi culo, se abría y cerraba, dando más presión todavía, de la que aquel divino pene le estaba procurando. Creo que sentí el orgasmo más increíble de mi vida... en aquel momento, lo afirmé, no dudé ni un solo instante en pensarlo.
Casi extenuados, y con mi cabeza apoyada en la barra del bar, vislumbré de repente, mi rostro frente al espejo de la misma. Mi cara desquiciada por el placer era todo un acontecimiento, digno de ser visto, digno de ser retratado, y por un instante percibí, me di cuenta, de que acababa de ser follada, en la barra de un bar, por un desconocido, y con un público ávido, pero silencioso, de contemplar aquella escena.
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03.07.2009 - 00:44h - lolis dijo: