Relato Erótico
Tenía que ir a Barcelona a realizar unas gestiones y ella me invitó a comer en su casa. A las dos de la tarde estaba allí, me recibió con un beso tan intenso que nuestras lenguas no podían distinguirse, se convirtieron en una sola, enlazándose como dos víboras jugueteando, mientras nuestras manos recorrían nuestros cuerpos.
Aunque sólo duró algunos minutos pareció un momento infinito. Tomamos algo y nos sentamos. Ella llevaba una minifalda muy corta, que me permitía ver su braguita blanca, que translucía su vello púbico.
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