¿Qué es el Gang Bang?
Cada pequeña cosa que pasaba en la casa me hacía pensar que podía ser la primera etapa para que Ruth me enseñara algo nuevo, pero no parecía que últimamente fuera ese su deseo. Y verla pasar junto a mí, con su aspecto encantadoramente desaliñado, su pelo corto enmarañado, sin apenas maquillaje, y con su vestido de verano suelto, era excesivo. Y cualquier tontería me iba a hacer explotar.
La tontería, esa tarde, fue ver una de sus mini braguitas sucia, al lado de la lavadora. Todo en Ruth me volvía loco, pero mucho más los pequeños detalles. Esas pequeñas braguitas, que apenas le cubrían lo justo, eran algo a lo que yo no estaba habituado en España. Ahora son normales, pero entonces las mujeres solían llevar unas enormes y anti-eróticas bragas: mi madre me decía que, en aquella época, sólo las putas se interesaban por la lencería.
Nunca he sido un fetichista, pero ver esos slips me produjo un efecto automático. Llevaba todo el día con una tremenda erección, soltando líquido pre-seminal: mis propios slips tenían que estar empapados. No me atrevía (no sabía cómo) a planteárselo a Ruth, pese a las sesiones que ya me había proporcionado en su habitación, y opté por la solución tradicional.
En el lavabo, sentado en la taza, cuando bajé mis pantalones vi que, efectivamente, tenía toda la polla pringosa ya de mi flujo. El glande se había pegado a la tela del slip, que apenas me cubría la erección. Si no hubiera sido por las lecciones que Ruth ya me había enseñado, hubiera acabado la paja en apenas minuto y medio: pero ella ya me había advertido que ese placer es demasiado vulgar comparado con una larga y tranquila paja, y apenas un par de demostraciones a manos suyas me convencieron de ello.
Oí el teléfono, y oí cómo Ruth empezaba a hablar por él con alguien llamado Sharon. Entre que mi cabeza estaba más en otras cosas, y que mi dominio del inglés no era entonces tan grande como para entender la conversación, desconecté y me concentré en mi polla. No me dediqué a sacudirla de arriba abajo, como hacía antes, sino a acariciar mi glande descubierto con la palma de mi mano: las gotas de líquido no dejaban de manar, y eso facilitaba la lubricación de la polla y aumentaba mi excitación. Ruth me había enseñado a aguantar sin correrme hasta hora y media mientras me pajeaba (algo impensable antes de llegar a Londres), pero hoy no estaba por la labor de soportarlo tanto.
Pero hubo dos pequeños fallos. Uno, no oír colgar el teléfono. Dos, no recordar que en casa de Ruth ningún cuarto (ni siquiera el de baño) tenía pestillo. Calculo que estaba a dos minutos de una eyaculación salvaje, cuando Ruth abrió la puerta mientras se subía la falda del vestido. Evidentemente, no esperaba encontrarme allí, y menos con la polla totalmente tiesa. Se quedó unos instantes con la falda a medio subir, y supongo que al ver mi cara de circunstancias empezó a sonreír. Volvió a bajarse la falda.
-Tienes dos problemas, Juan. Uno, que no tienes paciencia. Y dos, que eres muy tímido. Si no te dan lo que quieres, intenta pedirlo.
Antes de que contestara, Ruth se puso en cuclillas junto a mí, sin dejar de sonreírme. Pensé que cualquier cosa que dijera iba a sonar aún más estúpida, y decidí que ella (una vez más) dirigiera las operaciones. Y fue inmediato. Puso su mano en mi polla, y tranquilamente, como quien no le da importancia, empezó a masturbarme, con calma, sin ninguna prisa.
- Aquí en Londres lo tienes más fácil con las mujeres, pero, ¿qué vas a hacer cuando vuelvas a Madrid? Si aquí te avergüenzas, allí vas a tener que encerrarte en el baño todo el día.
Resoplé, y eché la cabeza atrás.
- Parece que no tienes más flujo… espera.
Ruth buscó un punto exacto en la parte frontal de mi polla, abajo, junto a los testículos. Apretó delicadamente con su pulgar, y una gran gota brillante y transparente salió por la punta de mi polla. "Mmm", dijo ella. Acercó su boca y la lamió. "Es dulce... El semen es más ácido, pero esto que te sale antes... es dulzón... tendrías que probarlo". Volvió a lamer. "Bueno, ya lo harás, no te preocupes. No te lo puedes perder".
Eso me dejó un tanto preocupado, pero Ruth abrió la boca, consiguió introducirse todo mi miembro en ella y, con los labios húmedos, lo recorrió entero de abajo arriba. Cuando llegó al glande sacó un poco sus dientes, y arañó suavemente la piel desnuda con ellos. Luego, lo lamió un par de segundos, rebañándolo entero con su lengua.
De repente, empezó a reírse. "Mira", me dijo. Se acababa de pintar los labios antes de la llamada telefónica, y toda mi polla tenía ahora un gran surco rojo oscuro. "Anda, levántate y ven aquí". Me puse de pie (ella no soltó mi polla en ningún momento), y me acercó a la pila. Cogió jabón, abrió el grifo y me la limpió de todo rastro de barra de labios. Cuando acabó, tomó una toalla y me la secó. Ya seca, una nueva gota salió del pequeño agujero del extremo de mi polla. Ruth lo recogió con su dedo índice y se chupó el dedo.
- Si te corres ahora, lo vas a echar todo a perder. Súbete los pantalones y sal.
La hubiera matado. Supongo que si eso me lo hace veinte años después, me la hubiera follado por las bravas, o me hubiera ido de allí, pero entonces estaba (y en esos instantes, literalmente) en sus manos.
- Me estoy meando. Espérame afuera, y ahora te cuento. Me ha llamado Sharon.
Ella cerró la puerta, y yo me quedé fuera, como un imbécil. Me abroché los pantalones mientras oía el ruido de la cisterna, primero, y el del grifo del bidé, después.
Cuando salió, le pregunté quién era Sharon. "Una vecina". Sin darme más explicaciones, me llevó junto a una ventana de su habitación, y me dijo que me sentara junto a ella, en la cama. Ruth se sentó mirando la ventana, y yo no entendía nada.
- Ponte cómodo y mira. Allí.
Miré por la ventana. A lo lejos, había otra ventana, con la luz encendida. En ella, una chica joven se despojaba de una especie de camisón que llevaba.
- Esa es Sharon.
Sharon se quitó el camisón, y se quedó sólo con unas braguitas y un sujetador rojos. Nos miró, sonrió y nos saludó agitando la mano. Ruth contestó el saludo, y me señaló con el dedo. Sharon sonrió aún más, y me lanzó un beso. Yo, como un pasmarote, la saludé con la mano.
Sharon era lo más opuesto a Ruth. Mientras que Ruth era alta, de metro setenta, delgada, fibrosa, de pelo negro y piel morena, con unos pechos suficientes, pero no exagerados, Sharon era mucho más... inglesa. Entrada en carnes, le sobraban unos ocho o diez kilos. Rubia, apenas metro sesenta, con unas tetas enormes que apenas le cabían en el sostén.
- ¿Te gusta Sharon?
- Bueno... No mucho. Me gustas más tú.
- Gracias. Pero, ¿de verdad que no te gusta? ¿Por qué?
- No sé... está gorda.
Ruth me miró, primero seria, luego sonriente. Me alborotó el pelo con su mano, jugueteando. "Todavía eres un crío, Juan. Dentro de quince o veinte años no me dirás lo mismo. Si la quieres para modelo, Sharon está gorda. Pero para ser una puta, es perfecta".
Al principio, me molestó lo de crío, me lo tomé como un desprecio. Pero que Sharon fuera una puta y que estuviéramos allí los dos mirando, hizo que me diera una punzada directamente en la polla, y que aumentara aún más su erección.
Sharon hizo un gesto. "Apaga la luz, Juan", me dijo Ruth. Me levanté y la apagué. En el acto supe que así podríamos ver sin ser vistos. "Y quítate la ropa. Toda". Cuando Ruth me hablaba así, cuando me decía algo que nos iba a llevar a la cama, me excitaba más que si la viera desnuda. O no. No sé...
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