Yo iba muy nerviosa, con mis veintidos años nunca me había arriesgado a encontrarme con un hombre de su edad, iba en el tren pensando en que pasaría durante esos dos días, en si me atrevería a llegar más allá con él de una amistad, si no le gustaría cuando me viera y en mil cosas más que pasaban por mi cabeza.
Llegué al hotel a las seis de la tarde la conferencia no comenzaba hasta el día siguiente, sabía que él no llegaría al menos hasta las ocho, así que dejé mis cosas en la habitación, me di una ducha y bajé a la pequeña cafetería que tenía el hotel, solo había tres personas aparte de mí, así que cogí un libro y me senté en un rincón muy acogedor a leer.
Me metí en la lectura tratando de evitar mis nervios, pasada una hora seguía allí cuando el camarero se acercó y me dio una nota, en ella ponía que me esperaba en el restaurante de enfrente a las nueve, firmaba Fernando. Apenas tenía una hora para prepararme, quería sorprenderle, verme bien, no decepcionarle cuando me viera.
Recogí mi pelo dejando unos mechones libres sobre mi cara, elegí un vestido negro, llegaba hasta la rodilla, tenía una amplia raja que dejaba ver mi pierna izquierda y con ciertos movimientos, dejaba ver las ligas de mis medias negras, el escote a barco, dejando ver mis hombros y mi cuello, la espalda era completamente descubierta, tan solo había unas tiras que cruzaban para que el vestido se sujetara en su sitio, me puse unos zapatos de gran tacón de aguja y punta fina negros, por dentro... no llevaba nada, no podía usar sujetador con ese vestido y el tanga que había preparado decidí no ponérmelo y guardarlo en mi cartera de mano para darle más emoción a lo que podría ocurrir.
Sabía que le iba a gustar así, a veces le había descrito ropa similar y le encantaba. Elegí cuidadosa y discretamente mi maquillaje, quería ir natural, me perfumé y me puse un abrigo gris en contraste con mi vestido.
Salí del hotel puntual, crucé la calle y me dirigí al lugar señalado. Entré, alguien recogió mi abrigo y preguntó mi nombre, cuando se lo dije me pidió que le acompañara, me llevó hasta la mesa donde estaba él, tan apuesto como lo imaginaba, llevaba un traje oscuro y corbata, mirándome con una sonrisa, se levantó y me besó en la mejilla, sentí el olor de su cuerpo, me gustó... nos sentamos, pidió una botella de vino y cuando el camarero se fue me dijo que estaba preciosa, que había deseado mucho que este momento llegara.
Yo poco a poco me fui relajando, charlamos mientras cenábamos de cosas sin importancia, tratando de conocernos aún más de lo que ya nos conocíamos hasta que al igual que en nuestros e-mails la conversación fue subiendo de tono, estaba sentado a mi lado y de pronto sentí su mano sobre mi pierna, sonreí como invitándole a que siguiera, él sabía que me daba mucho morbo esa situación en un lugar público, fue subiendo poco a poco metiendo la mano por la raja de mi vestido, subiendo lentamente hasta que llegó al fin de mi muslo y notó que no llevaba nada.
Yo, que ya estaba muy excitada, no hice más que abrir mi cartera y mostrarle su interior, entonces vio mi tanga allí metido y me miró con unos ojos que indicaban que quería devorarme allí mismo. En ese momento apareció el camarero para retirar los platos, se dio cuenta de que ocurría algo, se nos notaba en la cara, se fue y Fernando me preguntó si quería jugar, le dije que sí, que no había llegado hasta allí para nada.
Cuando el camarero volvió para preguntarnos que queríamos de postre, Fernando había abierto mi cartera, dejando ver por un extremo el tanga, el camarero lo vio, trató de disimular, pero cuando me miró a la cara para tomar nota de lo que yo quería yo tenía mi dedo corazón entre mis labios, apenas había metido la punta del dedo, con los labios entreabiertos pasaba la lengua por él, le miré a los ojos y bajé mi mirada a su entrepierna, entonces inocentemente saqué el dedo de mi boca y le dije que me trajera lo más exótico que hubiera en la carta.
Lo había excitado, el camarero se fue con una erección impresionante, se le notaba a la legua y Fernando estaba aún más excitado puesto que yo me había quitado el zapato de mi pie derecho y cruzando las piernas, ya que él estaba a mi lado izquierdo, tenía acceso directo para sobar su paquete sobre el pantalón.
Cuando el camarero se acercaba con el postre Fernando cogió mi pie bajo la mesa, lo comenzó a acariciar, yo sentí que mi piel se erizaba y que mis pezones se habían puesto de punta, me di cuenta que estaba sin sujetador y que se notaban a través del vestido, porque los dos miraban descaradamente mis pechos. Tomamos el postre disfrutando de ese momento y riendo por como lo estábamos pasando con ese juego, subimos al piso superior a tomar una copa y continuar esa agradable sobremesa.
Mientras subíamos por las escaleras sentía la mirada fija de Fernando sobre mi cuerpo, se detuvo de repente y me besó en la boca, por primera vez sentí esos labios cálidos con los que tantas veces me había excitado, fue un beso intenso, lleno de pasión, arriesgado por el lugar donde estábamos, pero encantador y que me había dejado paralizada. Llegamos a arriba, solo había tres parejas aparte de nosotros, no era un lugar muy frecuentado, ya que la gente después de cenar allí solía ir a otros sitios. Nos fuimos hacia un rincón, a una especie sofá bajo, con una mesa pequeña de café, estaba poco iluminado.
Llamamos al camarero que para nuestra sorpresa era el mismo que durante la cena, al vernos él también se sorprendió y pudimos ver como su bulto creció con rapidez delante de nosotros, le pedimos unas copas y se fue, yo crucé la pierna y al hacerlo se me veía la liga de la media de la pierna izquierda, iba a tirar del vestido y Fernando me detuvo y me dijo que lo dejara así, que le excitaba ver eso y que seguro que al camarero le gustaría también.
Le hice caso, le besé en los labios mientras el camarero ponía las bebidas sobre la mesa, Fernando introdujo la mano bajo mi falda, el camarero se había quedado allí delante mirándonos, parado de pie, sin hacer nada... yo estaba muy mojada, su atenta mirada y las caricias de Fernando me habían puesto a mil, me separé de él y miré al camarero, que se ruborizó y se fue sin decir palabra.
Estábamos en un lugar en el que apenas nos veía nadie y mientras charlábamos nos acariciábamos discretamente, poco a poco nos quedamos solos con el camarero, el resto de gente se había ido y Fernando me preguntó si quería seguir el juego, le contesté que sí.
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