Relatos eróticos
Frente a la ventana un gran armario. El resto de la casa no es muy grande. Es una casa de labranza que pertenece a un hostal en una aldea de sólo 15 habitantes. Abajo hay un pequeño almacén para la leña y en el primer piso la vivienda donde nos alojamos, con un gran salón con chimenea, una sólida mesa de madera con algunas sillas y un tresillo forrado en tela granate y dos dormitorios, de los cuales el más grande es este.
Te sigo dentro del dormitorio, mirando tus pies descalzos turnándose para dar un paso tras otro hacia la cama, tu cuerpo enfundado en el pijama. Te alcanzo antes de llegar al lecho y te abrazo desde atrás. Aprieto tu cuerpo contra el mío, con firmeza pero sin brusquedad: mi barbilla en tu hombro, mi nariz entre tu pelo, aspirando su suave olor. Hueles a mujer y a niña, a piel y a colonia infantil. Cierro los ojos y aspiro, con las manos te rodeo la cintura y mis brazos rozan los lados de tus pechos, mi pecho y mi vientre presionan tu espalda.
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