Las comparaciones son ‘odiosas’

Hay una cosa que me pasa a menudo y que quizá algunas de vosotras compartáis conmigo. ¿No os da la sensación de que, cuando buceáis en vuestras diferentes redes sociales, la vida de los demás parece perfecta, rebosante de felicidad, llena de emociones, trabajos interesantes, amor, éxito, casas maravillosas y actividades trepidantes? Os lo confieso -pero que no salga de aquí-: a veces, cuando veo la vida de los demás y la comparo con la mía, me deprimo e, incluso, me cabreo.

Compararse, aparte de un proceso humano muy avanzado en el que están presentes tanto nuestra mente como nuestras emociones, es inevitable. Y lo es porque es necesario. Tener puntos de referencia nos ayuda a calibrar dónde estamos en un momento dado y quiénes somos. Disponer de una visión amplia sobre estas dos cuestiones es de gran utilidad para saber a dónde queremos llegar en una determinada faceta de nuestra vida: saber quiénes y cómo somos es el primer paso para saber qué tipo de personas queremos ser. Esto no me lo he inventado yo; se lo leí a Unamuno cuando describía la manera de funcionar de Don Quijote, pero hoy no hace falta que vayamos hasta ahí, nos vale con que el escritor vasco nos inspire a la hora de autoevaluarnos.

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Por otro lado, realizar comparaciones es una herramienta de gran importancia en nuestras relaciones con los demás. Estamos constantemente haciéndolas -aunque no nos demos cuenta- y funcionan tanto en el tú a tú como en lo que en psicología llamamos la construcción de pertenencia e identidad grupal: no somos solo un ‘yo’, sino también un ‘nosotras’ -o ‘nosotros’-. De esta manera, comparar – ‘fijar la atención en dos o más objetos para descubrir sus relaciones o estimar sus diferencias o semejanzas’, según el diccionario de la RAE- sirve para que ubiquemos a los demás y nos situemos en relación con ellos: dónde están y quiénes son.

Es fundamental que nuestro sistema de hacer comparaciones sea equilibrado y maduro: una maquinaria evaluadora en buen estado, que nos aporte información útil y que no acabe derivando únicamente en una fuente de disgustos o autoflagelación. Las comparaciones desajustadas, distorsionadas, llenas de sesgos disfuncionales, en lugar de estar construidas mediante sesgos razonables y propios de una estructura de personalidad sana, pueden causarnos más de un problema.

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Todos hemos crecido oyendo -y sufriendo- un axioma que seguro que os suena: ¡las comparaciones son odiosas! Este ‘odio’ no es tan malo cuando nos beneficia: si nuestro trabajo está mejor hecho, si nuestra pareja es más atractiva, si nuestra ropa es más bonita, si considero que soy más guapa o más inteligente, si el talento que he demostrado tener es más sobresaliente… Parece de justicia reivindicarse con un sonoro ‘las comparaciones son odiosas’ si se nos pone junto a alguien a quien claramente juzgamos por debajo de nuestra posición. El problema del ‘odio’ que emana de las comparaciones -o que parece definirlas- es cuando nos toca el papel deslucido y toda la estructura de nuestra autoestima se tambalea.

De acuerdo, hay veces que hacemos comparaciones y llegamos a conclusiones que no nos acaban de motivar del todo. Observa ese gap y plantéate qué está pasando ahí: ¿estás aspirando a una meta inalcanzable o te estás dando cuenta de algo en lo que te gustaría mejorar? A veces, tomar conciencia de una presunta ‘carencia’ es el paso previo a cambiar tu vida…O a darte cuenta de que tal carencia no existe, porque la belleza, el talento y lo interesante tienen infinidad de formas y la mayoría son más alcanzables de lo que pensamos.

Recuerda que no necesitas ser arrogante para tenerte una autoestima alta y que ser capaz de reconocer tus limitaciones es una buena materia prima para llegar muy lejos. ¿Reconoces esa ‘vocecilla’ interior y exterior que se empeña en recordarte que tienes que ser perfecta? Contéstale que haces lo que puedes con lo que tienes, es decir, que eres tú misma: una mujer con los pies en la tierra y siempre atenta a mejorar realizando sueños alcanzables, que son los que definitivamente te motivan en vez de frustrarte.

Soñar, aparte de ser gratis y darnos ideas, es necesario. Hasta que empieza a cabrearnos o deprimirnos. Llegado ese momento, mantén bien sujetas las riendas de tu sistema de comparaciones -odiosas- y no olvides que, incluso cuando te cabrean, tienen que servirte para conocerte mejor y para inspirarte. A continuación te sugiero que dejes el móvil por ahí, cierres la revista, apartes tu vista de la mesa de al lado y confirmes que tu vida es altamente valiosa. Y, si no es lo suficientemente interesante… ¡ya estás tardando en cambiarla!

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Rafael San Román es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, terapeuta especializado en counselling y terapias de tercera generación, formador en talleres sobre duelo y pérdidas y autor del blog Psicoduelo

 

 

 

 

Imágenes: Corbis/Pinterest

 

 

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