Cómo saber si somos dependientes emocionales

En las relaciones personales está la clave de la felicidad para muchas personas: en la amistad, la familia, pero, sobre todo, en el amor. Tanto es así, que hasta hace un par de décadas el no tener una pareja con la que formalizar una relación, casarse o formar una familia era motivo de rechazo o crítica social. Los “solterones” o “solteronas”, los feos, los raros,… Todo este tipo de calificativos se han venido aplicando a lo largo de la historia a quienes no han encontrado el amor. Quizá sea éste uno de los motivos por los que la soledad se ha rechazado como opción de vida y se ha amplificado la importancia del amor como base de estructura social. Ahora bien, existe otro motivo a sumar y es tan importante como el primero, sino causa del mismo: la dependencia emocional.

No es lo mismo querer a alguien que necesitar estar con él o ella. No es lo mismo estar enamorado de alguien que vivir con el miedo a la soledad y el abandono por parte de esa persona. En este caso, cuando se rompe la pareja, es tal el vacío, tan intenso, desproporcionado y exagerado que quien lo padece puede llegar a creer que ya nunca logrará se feliz como ser individual. No es lo mismo que sentir tristeza, rabia y dolor por una pérdida. Este proceso de duelo ante una separación es normal. No lo es el hecho de que aniquile emocionalmente a alguien como persona, es decir , que tras el abandonado crea que no conseguirá sobrevivir a la ruptura.

 

 

Tras esta sensación puede darse un problema de autoestima. No nos valoramos a nosotros mismos, por lo que no sentimos felicidad alguna al estar solos, al pensar en nuestras cosas, al realizar nuestras actividades, al sentir y pensar como entidad única. Estaríamos ante una clara situación de dependencia emocional, que viven quienes no quieren estar solos sentimentalmente y suelen tener muchas relaciones, una tras otra , con el fin de buscar el bienestar que no consiguen consigo mismo.

Estos, más concretos, son otros síntomas de la dependencia emocional:

  • Nos sentimos mejor con nosotros mismos si tenemos a alguien a quien querer y somos correspondidos. En el momento en que percibimos señales de riesgo sufrimos un elevado malestar.
  • Pensamos que la felicidad solo la encontraremos en el amor y creemos que necesitamos a alguien a nuestro lado. Por esto, al terminar una relación buscamos a otra persona para reemplazar a la anterior.
  • Nuestras ilusiones y nuestra felicidad dependen de ese alguien y pensamos que no podemos vivir sin esa persona. Tenemos un miedo constante a perderle.
  • Anteponemos a esa persona por encima de todo lo demás. Dejamos de priorizar nuestras ideas, necesidades, aficiones y/o familia, dando mayor importancia a las del otro.
  • Idealizamos a esta persona, pensando que lo bueno que tenemos es gracias a ella, y en muchas ocasiones no nos enamoramos de la persona real, si no de la imagen que nos hemos formado de ella.

Por supuesto, la dependencia emocional se puede tratar. La clave es trabajar la aceptación, estima e independencia propias. Desde el amor a uno mismo será siempre más sencillo encontrar un amor auténtico por el otro.

 

Pilar Conde es Directora Técnica de Clínicas Origen

 

Imágenes: Lifesitenews

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