A propósito de René Zellweger

Varios días después de su publicación, la fotografía de René Zellweger ha dado la vuelta al mundo y a juzgar por la cantidad de reproducciones y opiniones al respecto, bien podría parecer que nos encontramos ante la prueba de la existencia de vida en otros planetas o de la  primera evidencia de cura de alguna enfermedad mortal.

Bromas aparte, la repercusión de este nuevo caso de cirugía estética entre famosas, me ha sorprendido algo más de lo habitual.

Siempre comento que el área profesional en la que me desenvuelvo resulta atractiva y enigmática para muchas personas por el poder que te otorga la capacidad de transformación del físico de una persona.

Ya se sabe que nuestra evolución intelectual también viene determinada por la herencia genética. Pero con los años, el estudio y el esfuerzo tenemos cierta capacidad de maniobra y evolución. En el físico, sombra aquí, sombra allá, el bisturí es el que manda.  Y al margen de los resultados obtenidos, el bisturí puede convertirnos en otra persona.

Es el caso de René Zellweger, a quien para colmo, millones de espectadores en todo el mundo identifican con la gordita desdichada Bridget Jones, una looser de vecindad que logra flirtear a la vez con Hugh Grant y Colin Firth, dos grandes galanes británicos.

Cuando la gordita desdichada con la que el espectador se identifica desaparece de la escena, para reaparecer como una mujer madura pretendidamente más bella y más joven, la opinión pública se convulsiona.

Hay en todo ello una dosis de cotilleo en torno al mundo del Star System, pero también cierta falta de empatía.

Es cierto que yo, como cirujano estético, soy arte y parte en este proceso, pero me quiero poner en el lugar de una profesional que envejece en el salvajemente competitivo mundo de Hollywood. René ha deseado continuar su carrera profesional y para ello ha utilizado la cirugía estética como herramienta para mantenerse más joven. Del mismo modo que engorda para encarnar a Bridget Jones o Robert de Niro para interpretar a Toro Salvaje.

A la demanda de belleza de este entorno laboral tan cruel, es posible que se hayan sumado otros factores psicológicos y de necesidad de cambio personal, que, muchas veces acompañan a la visita al cirujano plástico. La paciente quiere cambiar y comienza por su look; la mayoría se corta el pelo, cambia su forma de vestir, pero ahí está el quirófano para quien quiere y puede.

Dicho esto, siempre me repito; hay que ponerle límites a la cirugía estética y explicarle al paciente que la belleza no siempre reside en aumentarse los labios o “tocarse los pómulos”.Es un concepto más abstracto. Y, de cualquier manera, en mi caso, hay asuntos que no se negocian: tamaños, cirugías , un ponerme aquí o quitarme allá.

Nos encontramos en el campo de la Medicina, no lo olvidemos, y el doctor debe recordarle al paciente que la estética tiene que respetar unos criterios de naturalidad y de equilibrio anatómico. El cirujano debe mantenerse firme y decirle a su paciente cuando el exceso de bisturí puede hacer saltar las alarmas. Y a las pruebas me remito.

Moisés Martín Anaya

Moisés Martín Anaya es cirujano plástico y estético. Licenciado y Doctor Cum Laude por la Universidad de Salamanca, dirige la Clínica Moisés Martín Anaya y ejerce como especialista en el Hospital Virgen de la Paloma, en Madrid.

 

 

 

Autor: Moisés Martín Anaya

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