Premios a los descubrimientos más delirantes

Como si de una disparatada comedia se tratase, estos galardones reconocen cada año los descubrimientos científicos más delirantes. Humor y conocimiento se dan la mano para presentar, por ejemplo, pruebas de la relación entre la música country y los suicidios.

Los premios IgNobel galardonan desde 1991 el atrevimiento científico y el gusto por lo bizarro. La idea podía sonar ridícula hace catorce años, cuando a Marc Abrahams, director de la revista Annals of improbable research (Anales de la investigación improbable), se le ocurrió instituir unos premios, los IgNobel, que reconociesen los hallazgos científicos más excéntricos y/o chistosos del año. Algo así como un contrapunto humorístico a los Nobel. Hoy puede sentirse orgulloso: cada año, las 1200 localidades del teatro Sanders de la universidad de Harvard se llenan para asistir a la peculiar ceremonia, donde los ganadores que aceptan el premio lo reciben de auténticos Premios Nobel.

Lo que se les da es una estatuilla de "materiales extremadamente baratos y un medallón que es muy incómodo de poner y de llevar"; ni dinero ni noche en hotel de la costa. De hecho, los ganadores deben pagarse el desplazamiento, y no se les exige que acepten el premio, pero la acogida suele ser bastante positiva. Incluso algunos se nominan a si mismos. Este año han asistido ocho de diez.

De entre las investigaciones premiadas, una de las que llama más la atención, no solo por su hilaridad sino también por el empeño puesto en ella, es la de Steven Slack y James Gundlach. En 1992 publicaron en la revista Social Forces un estudio que postulaba que como más música country se escucha en una ciudad de los Estados Unidos, más suicidios entre la población blanca se producen. Todo un alegato contra la música depresiva. Doce años después, tras soportar la constante burla de muchos colegas, han visto reconocido su trabajo. Lástima que no acudieran a la entrega de premios.

Los reconocimientos no se limitan a la ciencia más estricta y experimental, también hay IgNobel de literatura, de economía y de paz. Este último se lo ha llevado este año el japonés Daisuke Inoue, inventor del karaoke, por su contribución a crear “un camino para que la gente aprenda a tolerar al otro”, según la organización de los premios. Otro descubrimiento que avivó la carcajada fue el de unos científicos canadienses y daneses que demostraron que los arenques se comunican mediante flatulencias –pedos, para ser menos técnico-.

La joven Jillian Murphy, 17 años, es la galardonada de menor edad en toda la historia de los IgNobel.
Su trabajo revela que "si una galletita se cae, pero alguien la levanta antes de cinco segundos se puede comer sin problemas de contaminación bacteriana". También hizo saber, con ironía, que las galletas caídas se suelen comer más que un brécol –cosa comprensible, por otra parte-. En la ceremonia de este año también hubo lugar para la música: los cantantes profesionales Wayne Hobbs, Margot Button y Jane Tankersley interpretaron una curiosa miniópera bajo el título de The Atkins Diet Opera.

El lema de Marc Abrahams, quien acaba de publicar un libro relatando sus experiencias al frente de esta singular fiesta científica, es que los IgNobel “primero hacen reír, luego pensar”. Los descubrimientos galardonados en la ceremonia “no pueden o no deben reproducirse”, pero esta demostrado, viendo la masiva asistencia de cada año, que cumplen perfectamente su cometido: estimular la curiosidad por la ciencia y, de paso, fomentar la terapia de la risa. Diversión a raudales, como rezaría algún estúpido trailer de película o anuncio de videojuego.

Autor: Regina Cruz

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