Javier Sierra: ‘Leonardo da Vinci era un espíritu libre’

Leonardo da Vinci es mundialmente conocido, igual que sus obras y sus inventos. Pero en muchos casos no sabemos que son o significan realmente, ya que en su tiempo, a finales del siglo XV, tras los cuadros, los libros y los frescos se escondían mensajes cifrados que muy pocos sabían descodificar.

La Última Cena de Da Vinci, compuesta por los doce discípulos y Jesús es una imagen que enseguida se nos representa en la mente, pero en ella se esconde un mensaje muy distinto del que creemos, del que los Evangelios narran.
Javier Sierra, periodista y escritor, se ha fijado en este enigmático personaje y en su peculiar obra, la Santa Cena, para revelarnos el misterio que ocultan. Leyendo su novela, “La Cena Secreta”, podemos meternos en la piel de un inquisidor para conocer la Verdad.

¿Porqué has elegido a Da Vinci y su obra cómo temática para tu última novela?
La literatura para mi es una herramienta para tratar de resolver enigmas históricos. Empecé a documentar este tema en el 2001 cuando terminé de escribir “El secreto Egipcio de Napoleón”, mi anterior novela. Descubrí que antes de la época de Napoleón, Europa del Renacimiento existía una fascinación por Egipto. Llegué a Leonardo a través de Egipto, por de Marsilio Ficino.

¿Qué relación hay?
Ficino fue el padre intelectual del Renacimiento y tradujo, a mediados del siglo XV, los textos mágicos del Antiguo Egipto, conocidos como “Corpus Hermeticum”, que influyeron mucho en artistas como Boticelli, Veroccio y en el mismo Leonardo. Entonces comencé a documentarme y topé con la Última Cena. Fui a verla varias veces a al convento de Santa Maria delle Garazie, en Milán. Allí me di cuenta que la Última Cena es muy conocida, llevamos cinco siglos mirándola, pero nadie la ha interpretado correctamente. Decidí entonces hacer una novela aportando esas claves de interpretación.

¿Cómo se interpreta el misterio de la Última Cena?
Fíjate en que es la primera vez en la historia del arte que alguien pinta a los doce apóstoles y a Jesús sin alo de santidad. Los está pintando como hombres, no como santos, esto ya es una trasgresión. Jesús no está instituyendo el sacramento de la eucaristía, ni sostiene el cáliz. A primer golpe de vista, a diferencia de lo que ocurría en escenas anteriores a la obra de Leonardo, no puedes darte cuenta de quién es Judas, porque está infiltrado entre los discípulos, no tiene un alo negro como ocurre en otras representaciones. El malo no está diferenciado. Es, claramente, un acertijo. Está proponiendo al espectador que adivine quien es el discípulo que traicionará a Jesús.

¿Era el toscano tan enigmático?
Sí. Leonardo está haciendo lo que más le gustaba: enredar y someter a acertijos a sus contemporáneos. Es un hecho histórico. En sus cuadernos de notas, de los cuales se conservan muchos, encontramos acertijos, adivinanzas, frases con doble sentido… En la Última Cena lo que hace es proponer una burla.

Durante la lectura de la novela, se llega a perder la noción de los que es ficción y lo que es realidad…
Entonces el libro ha conseguido su objetivo plenamente.

Pero acláranos, ¿es cierto que Leonardo se autorretrata en su propia obra como Judas Tadeo?
Sí. En esto están de acuerdo los historiadores del arte. No cabe duda de que es él. A partir de ahí yo me planteo lo siguiente: si Leonardo se autorretrata que me impide pensar que retrató a gente de esa época o a gente que admiraba. Además, se autorretrato de una forma muy peculiar: está de espaldas a Jesús conversando con alguien a quien le presta más atención que al Mesías

Sí, atiende a Simón. Es cierto que se inspiró en el filósofo Platón para dibujarlo
La clave la encuentro en un libro que se encuentra poco después de morir Leonardo. Es la primera biografía de Leonardo Da Vinci, se llama “Las vidas de Giorgio Vasari”. Este es el libro clave para entender el Renacimiento, el referente para la historia del arte. Vasari es un pintor que redactó en breves capítulos, vidas de los grandes artistas de su tiempo, que conoció personalmente. Habla de Boticceli, de Rafael, de artistas menores… y de Leonardo. De él cuenta, allá por 1950, que “tenía en más estima ser filósofo que cristiano” y estaba más cercano a ideas heréticas que ortodoxas. Esto es lo que Leonardo plasmó, exactamente, en la Última Cena. Presta más atención al personaje de Simón que yo identifico con un busto de Platón que existe, se encuentra en la galería de los Uffizi. Ese busto, que se veneraba en la academia de Ficino a la que Leonardo acudió, coincide con la imagen del apóstol Simón. Entonces entendí que había una doble lectura en la Última cena y empecé a desgranar los enigmas.

Uno de estos enigmas, tras la lectura, es el misterioso libro azul, que todos perseguían, ¿existe?
El libro azul existe. Hay dos originales solamente. Uno está en los archivos de la Inquisición en Carcasona, en Francia, y el otro en Viena. Es el “Interrogatio Johanis” el texto ético de los cátaros que se conocía como la Cena Secreta.

Parece ser que Leonardo tenía costumbres sospechosas para los cristianos y para la Inquisición. ¿Era cátaro?
No creo que fuera cátaro ni que fuera nada, era un espíritu libre. Pero si fue muy afín a la filosofía cátara, se sabe por su vida privada. Él era vegetariano, cosa muy extraña en el siglo XV. Los únicos vegetarianos eran los cátaros, porque pensaban que todo lo que procedía de los animales provenía del coito, y por tanto era impuro. Se alimentaban de verduras y pescado, creían que el pescado se generaba espontáneamente en el mar. Si te fijas en la mesa de la Última Cena no hay cordero pascual, que según los Evangelios es lo que debería haber. Leonardo pintó pescado. Al toscano tampoco se le conoció relaciones con hombres ni con mujeres. Lo que yo sostengo es que hizo igual que los cátaros. Los hombres puros renunciaban al sexo de todo tipo. Es una hipótesis justificable históricamente. Los últimos cátaros que escaparon de la persecución de la Inquisición se refugian en Cataluña, en el norte de Milán y en Alemania. Y en la época de Leonardo había cátaros en Milán con los que el artista pudo tener contacto.

Por estas costumbres, Fray Agustín Leyre, el protagonista de tu novela, es enviado para investigarlo. ¿Por qué has escogido un inquisidor para narrar la historia?
Creo que era el mejor de los protagonistas posibles para encarar dos aspectos. Por un lado, la búsqueda, la investigación, las dudas… Es un inquisidor, experto en códigos secretos, enviado a Milán. Por otro, me interesaba un personaje psicológicamente rico. Lo que le ocurre a este personaje es que a medida que investiga su fe rígida se moldea hasta el punto de que prefiere el exilio con sus propias ideas a reintegrarse a la Inquisición.

Pero esta no es la imagen que tenemos formada de los inquisidores…
No, pero los hubo así. Eran personas de carne y hueso, con sus dudas y sus planteamientos. El inquisidor en esa época era de los personajes más formados, más inteligentes. Además, la inquisición italiana no era la inquisición española, había una diferencia considerable.

Los Evangelios Gnósticos, una clave también importante de esta historia, encontrados en Egipto en 1945 son ahora utilizados y son referentes para la secta llamada Movimiento Gnóstico… Es la misma doctrina que la de los antiguos cristianos o es una reinterpretación.
No tiene nada que ver con los Gnósticos antiguos. Ellos dicen que sí, obviamente. Es una secta que orbita en torno a un gurú suramericano. Es un cuerpo filosófico que coge estos textos como divisa pero no tienen ninguna conexión histórica con los Gnósticos antiguos. Eran textos muy antiguos que la iglesia había extirpado de Occidente pero que no lograron destruir.

Qué significa para ti que tu obra haya quedado finalista en la 3º edición del Premio de Novela Ciudad de Torrevieja
Para mi es algo muy importante porque por primera vez la crítica literaria de este país ha valorado este género novelas de intriga histórica, con enigmas del pasado e, incluso, con toques de ciencias ocultas, de esoterismo, de misterio… como un género literariamente aceptado. Pese a que en los últimos 20 años han sido novelas muy aclamadas por el público. Por ejemplo “El caballo de Troya” de J.J. Benítez, “El club Dumas” de Arturo Pérez-Reverte, “El último catón” de Matilde Asensi y el “Código Da Vinci”.

Como conocedor de los asuntos del Vaticano, ¿qué línea crees que tomará la Iglesia con el actual Papa Benedicto XVI?
La misma línea que llevaba. Porque Benedicto XVI cuando en condición de cardenal era el que realmente gobernaba la Iglesia y marcaba las grandes pautas doctrinales. Pero creo que es un personaje digno de ver de cerca. Ratzinger, como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la versión actualizada del Santo Oficio, estuvo muy atento a todo lo relacionado con apariciones de la Virgen. Todo lo de Fátima pasó por sus manos e influyó muchísimo en Juan Pablo II. Benedicto XVI está muy vinculado a los movimientos aparicionistas de los místicos contemporáneos, a muchos de los cuales ha machacado o controlado, y está también vinculado a todo el tema profético. Él es un experto conocedor de las profecías de Malaquías, de Nostradamus. Ha utilizado algunas profecías para engrandecer, en determinados momentos, la misión de Juan Pablo II. Y en esta etapa del papado, las va a utilizar.

¿Se ha cumplido alguna de las profecías de estos visionarios?
Malaquías, el monje irlandés que vivió en el siglo XI, habló de los 111 Papas que gobernarían después de su tiempo. Juan Pablo II era el papa 110, “De labores solis” (trabajos del sol). El lema 111, el del último Papa antes del final de los tiempos, es “De gloria olivae” (la gloria del olivo). Al salir elegido Ratzinger todos comienzan a buscar el olivo: no esta en su escudo, no está en su lema de cardenal, no está en su lugar de nacimiento, en Baviera no hay un olivo ni por casualidad… Para él asimilarse a los lemas de Malaquías, el nuevo Papa, lo ha buscado en su nombre: Benedicto XVI. Lo ha escogido para imitar a Benedicto XVI, que fue el Papa de la Primera Guerra Mundial, el Papa de la paz, que se negó a bendecir los cañones y que creó las primeras organizaciones de socorro para los heridos de guerra y los desaparecidos. La rama del olivo es el símbolo de la paz.

¿Es esto frecuente en el Vaticano?
Lo han hecho otros antes que él: Pío XII, Juan XXIII, León XIII… Muchos Papas se adaptan a las profecías de Malaquías.

Entonces se entiende que después de Ratzinger, el Papa 111, “llegará el final de los tiempos”…
Malaquías contó que después del Papa 111 viene Pedro el Romano, que es como el regreso de Pedro. Que llegará “in persecutione extrema”. Ellos creen que después del pontificado de Ratzinger, la Iglesia sufrirá una persecución extrema. Todo esto son informaciones que orbitan en la atmósfera vaticana pero a los que vivimos fuera no nos llegan.

Además de estar al día de muchos de los misterios que la historia nos oculta y de haber escrito siete libros, has estudiado un hecho muy curioso, las similitudes y paralelismos entre Jesús y el cristianismo y Osiris y la religión en el Antiguo Egipto. Explícanos cuáles son estos puntos en común…
Ningún pueblo de la Antigüedad, salvo el cristiano y el egipcio antiguo creían en la resurrección de la carne. Los judíos y los budistas ni se lo plantean, todo lo que tenga que ver con la carne lo desprecian. Sólo se lo plantearon los egipcios, que momificaban a los faraones y , siglos más tarde al pueblo, pensando que el alma regresaría algún día a ese cuerpo. Ahí tienes el punto de unión fundamental, los cristianos también creemos en la resurrección. Además, Osiris nació un 25 de diciembre, como Jesús. En todos los templos del Antiguo Egipto aparecen escenas de la diosa Isis con el niño en el regazo y un grupo de dioses caminando hacia el recién nacido llevándole ofrendas. Es el mismo esquema de los Reyes Magos. Hay cantidad de festividades del calendario egipcio que hoy seguimos celebrando en el calendario cristiano, por ejemplo las procesiones de semana santa. Durante las fiestas de Opet, que se celebraban por las mismas fechas, se paseaba a las figuras de los dioses como ahora los pasos. Creo que esta es la razón por la que nos interesa tanto Egipto. El cristianismo es una adaptación de la religión del Antiguo Egipto.

Javier Sierra es amante de este tipo de misterios históricos, sobre los que se documenta y estudia. De su última novela ya ha vendido 150.000 ejemplares y se ha traducido para 23 países. Según él, después de leerla “ya no volverás a ver la Última Cena con los mismos ojos”.

Autor: Regina Cruz

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