Gustavo Cerati inunda de rock la Sala Bikini

De lejos, Gustavo Cerati recordaba a Sabino Méndez, el entrañable bajista y letrista de la mejor etapa de Loquillo y los Trogloditas. Quizá no es lícita la comparación, pues tampoco he visto demasiado la cara a Sabino.

Pero el aire juvenil y ochenteno estaba ahí: esa camiseta progresivamente atacada por la sudoración, la peculiar corbatita negra y el afeitado de dos días de un Cerati eléctrico, que se entregó a la abarrotada sala Bikini durante casi dos horas.

Entre el público, reinaba la colonia sudamericana afincada en Barcelona, muchos de ellos incondicionales del ex líder de los Soda Stereo. Jóvenes en su mayor parte, se sabían todas las canciones y no desaprovechaban ni un interludio entre tema y tema para gritarle al músico argentino lo bien que se lo estaban pasando. Si la conexión con el nutrido auditorio ya era fácil, dada su condición de admiradores, el desgarbado rockero —esto si que son cuarenta años bien llevados— se aplicó a fondo a convertir aquello en una fiesta por todo lo alto.

Había oído que Cerati no solía prestarse mucho a la nostalgia y al guiño cómplice con el fan. Ayer, sin embargo, no se le pudo reprochar nada. Empezó con temas de su último disco, como era de esperar, funcionándole a las mil maravillas el toque electrónico que evocaba, salvando las distancias, a los Radio Futura de cuando a los hermanos Auserón les daba por alejarse del pop. Entusiasmo, el mío, no exento de rubor: realmente sentía envidia por aquella gente que podía tararear las canciones, y me preguntaba como no había oído ni leído nada de Gustavo Cerati hasta hace tan poco.

Tuve suerte de tener una acompañante que me iba poniendo en contexto; una vez el argentino hubo repasado su último trabajo, Siempre es hoy, empezó a rescatar lo mejor de su discografía, retrotrayéndose también a los años de Soda Stereo. Temas como Pulsar o Te llevo para que me lleves (ambos de Amor amarillo, su primer LP en solitario) hicieron las delicias de los asistentes. Cerati, con su presencia y su guitarra, eclipsaba por completo al resto de componentes de su grupo: se celebraba de forma catártica cada vez que dejaba el micrófono para ponerse a descargar furiosas y enérgicas ráfagas, con estilo y desvergüenza, que hacían retumbar una sala Bikini que se quedó pequeña.

Hubo la retirada de rigor, los merecidos aplausos y las alegres súplicas del público, alegres porque sabían que iban a dar resultado. Volvieron Cerati y su banda para deleitarnos con la bellísima Puente, el gran momento de intimidades compartidas del concierto, bajo unas luces que en ese momento se azularon lo justo para que nos pudiéramos ver las caras. “Gracias por venir”, dice una estrofa de la canción, y es la que se el auditorio repitió, sobrado de ganas para continuar otra hora más, al final del tema. La recta final se hizo corta, muy corta, y como suele pasar cuando un artista te gusta, siempre hay canciones que se han echado de menos, pero las vibraciones que dejó Gustavo Cerati al desfilar fueron preciosas.

Y sí, la Bikini estaba a reventar. Pero, al final, jugó a favor de todos: la fuerza sonora de la guitarra de Cerati y la conexión casi íntima que estableció con el público difícilmente habrían brillado tanto en un escenario más amplio.

Toni Junyent

Autor: Toni Junyent

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