Fado y saudade, la ruta más nostálgica de Lisboa para esta Semana Santa

Sin tener la fama como destino turístico de París o Roma, pero también sin pretenderlo, Lisboa es una ciudad que engancha desde el primer momento. Bella y misteriosa, aproximadamente cinco días resulta tiempo más que suficiente para visitarla.
Hay elementos típicos en todas las guías de viaje que el visitante no debe perderse, como la Catedral (la Sé), la plaza do Comercio… pero lo mejor de la ciudad es pasear por sus calles e ir descubriéndola a ritmo de fado.

Esa es la ruta que proponemos para conocer de cerca la amabilidad de sus gentes, la tranquilidad de las calles de la Alfama, el ajetreo nocturno y los fados en el Bairro Alto, el encanto de Belem, las vistas desde el Castillo desde el que se divisa toda la ciudad (no olvidéis entrar en la cámara oscura), ese olor a café que todos cuentan pero que hay que olerlo, la magia de los tranvías antiguos y la ruta del 128… todo merece la pena.

Cómo llegar a Lisboa desde España
Si deseamos un viaje romántico y lleno de la magia de antaño, nuestro transporte desde España será el tren. Hay varias estaciones de trenes en la ciudad de Lisboa, y el tren Talgo Lusitania sale diariamente desde la Estación de Chamartín (Madrid) con destino Lisboa.

El trayecto dura 10 horas y media y llega directamente a la Estación de Santa Apolonia (Lisboa) que se encuentra perfectamente comunicada.

Por otro lado, si lo que deseamos es ganar tiempo, podremos tomar el avión. Desde Madrid se tarda 1 hora y cinco minutos y desde Barcelona o Bilbao se tarda dos horas aproximadamente.

Las compañías Iberia, Portugalia y Tap Air Portugal tienen varios vuelos diarios desde Madrid y Barcelona al aeropuerto “Da Portela” Lisboa. Además, el aeropuerto de Lisboa se encuentra dentro de la ciudad, así que llegar hasta el centro no resulta demasiado complicado.

La ruta por las calles del Fado
La Lisboa romántica y decadente será nuestro destino, como dijimos, para disfrutar en su plenitud la magia del fado, una ruta que puede aprovecharse en cualquier época del año pues uno de los primeros atractivos de Portugal es su clima suave a lo largo de todo el año, gracias a la presencia constante del Océano Atlántico, que baña sus costas de norte a sur.

También hay que comentar de Lisboa que está asentada sobre siete colinas, y por este motivo tiene tantas cuestas, sus calles son empinadas y hay múltiples miradores por toda la ciudad, por lo que en el pasado se construyeron tranvías para acceder mas fácilmente a estos barrios.

Y un primer gran consejo para las damas a la hora de planificar esta escapada con encanto: conviene olvidarse de los zapatos de tacón de aguja, ya que como hemos comentado todas las calles de esta zona están empedradas, como podría decirse que prácticamente toda Lisboa.

Entre el mar y la saudade
De entrada, no hay que buscar en Lisboa una ciudad “moderna”, pues aunque tiene partes donde lo es, como el Parque das Naçoes con el impresionante puente de Vasco de Gama o la Torre del mismo nombre, y está muy bien ir a visitarlas, el encanto de la ciudad y su verdadero rasgo distintivo es su parte vieja.


Ahí, los cafés son los lugares perfectos para escuchar el último rumor de la mañana, antes de decidir dónde vamos a comer. Y es precisamente donde, acompañado de guitarra, a lo largo de las décadas el fado de siempre cuenta una historia de mar salado y en torno al cual se reúne todo el pueblo portugués.

Las palabras de cada fado cantan el alma de ese pueblo, dominada por la nostalgia (saudade en portugués) de aquellos que partían y la angustia de quien, en el puerto de Lisboa, aguardaba la llegada de los navíos que no siempre regresaba del otro lado del mar.

Nos situamos primeramente en la Praça do Príncipe Real. Las calles son como una laberinto, estrechas e irregulares, donde se pueden encontrar patios con flores, ropa tendida y los mercados por la calle. También muchas tiendas variadas y curiosas donde revolviendo un poco se pueden encontrar grandes gangas.

Observaremos la luz que avanza sobre la ciudad, despacio, en el sentido del río y, al fondo, hacia Occidente, una faja de luz que hace brillar la embocadura del Tajo.

Aquí en la Praça do Comercio, que es de dónde salen la mayoría de los transportes turísticos de Lisboa, sobre todo los típicos autobuses sin techo, y si antes de empezar el recorrido, queremos ver la inmensidad del Tajo, no tenemos más que andar hacia el sur durante menos de 5 minutos.

Cruzamos la carretera y yendo un poco a la derecha, nos encontraremos con una especie de mini paseo marítimo, con un pequeño rompeolas y varios pescadores faenando. Hay bancos de piedra a menos de 5 metros del Tajo, ideales para descasar un rato y disfrutar de las vistas.

Luego damos una vuelta por Belem, el barrio lisboeta que transcurre al lado del río y una vez vista la orilla del Tajo, podemos también pasar al Parque, donde se encuentra el Monasterio dos Jerónimos.

En especial las puertas del mismo son impresionantes, así como el interior, donde se encuentran las tumbas de Vasco da Gama y Luis Camoes, y es impresionante su estilo manuelino, muy típico en Portugal. Si disponemos de tiempo, también conviene encarecidamente visitar su interior.

Una parada para reponer fuerzas
Después de visitar la iglesia, pasamos al claustro–que se ha limpiado y restaurado hace poco- y a continuación, para reponer fuerzas y probar una determinante parte de la gastronomía local, deberemos acercarnos a alguna pastelería de la zona para degustar los míticos pasteis de Belém, típicos de esta zona y se nota, pues hay una gran variedad de pastelerías donde ofrecen los ricos dulces de hojaldre, canela y crema.

Aunque a veces se tenga que hacer cola, merece la pena probarlos.

Y saboreado uno de estos pasteles, podremos ya dedicarnos a observar el sol acariciando esta ciudad de las siete colinas, o cidade saudade (por esa melancolía, nostalgia que nos hace sentir al marcharnos de ella), y comprobaremos que Lisboa es una bahía llena de encanto que al recorrerla llenará de sorpresas nuestra visita. La clave es pasear y pasear.

Bordeando el Tajo
Bordeando el Tajo, podremos luego llegar al monumento a los descubridores portugueses que salieron de Portugal para conquistar las Américas, para descubrir la verde Brasil.

Y también veremos el enorme Ponte 25 de abril, que tiene un aire al Golden Gate. Pero la estructura no pasa sobre la Bahia de San Francisco sino sobre las aguas del Tajo.

Posteriormente visitamos el Monumento a los Descubridores en la ribera del Tajo. Fue inagurado en 1960, con motivo del V centenario de la muerte de D. Henrique el Navegante. Tiene también una vista preciosa navegando desde el Tajo, si se decide hacer uno de los minicruceros que se puede coger en el Terreiro do Paço.

Y recordaremos, entonces, los innumerables marinos portugueses que, siglo tras siglo, dejaron la embocadura del río, rumbo a alta mar.

Este pensamiento es precisamente el que ha conducido al fado en su gestación y expresión popular, en cuyas palabras se sienten tanto la fuerza del mar como las desventuras de un pueblo de pescadores y marinos.

Ese pueblo es el que, regresado a las callejuelas de Lisboa, contó mil historias de infortunio y saudade antes de volver a embarcar. Ante estos pensamientos, el visitante no necesita pensar mucho más, hacemos una foto o bien nos lo guardamos en la memoria y seguimos caminando.

Caminar por La baixa
Hasta el momento hemos estado recorriendo la Lisboa más tradicional. Volvemos a la Praça do Comercio y ahora sí: empezaremos a caminar por la Baixa con destino a la Praça do Rossío, que delimita el fin de la Baixa.

Situados junto a la estatua de José I, miramos al norte, con el Tajo de nuevo a nuestras espaldas y nos fijamos, ya en más profundidad, en el majestuoso Arco de la Victoria, la puerta oficial hacia las calles antiguas de Lisboa.

Y llegaremos hasta la Praça Luis de Camoes, la plaza limítrofe con el Bairro Alto, con sus cuestas empinadas, calles con el empedrado típico de Portugal, vistas desde los miradores hacía la ciudad preciosa.

Aquí, merece la pena sentarse en uno de los bancos y ver el vaivén de los tranvías y sus campanillas que suben y bajan sin parar.

Ocio nocturno por las calles antiguas de Bairro Alto
Si estamos de visita en Lisboa y también queremos conocer el ocio nocturno, tenemos que ir al Bairro Alto.

Este barrio lisboeta lleva doble vida: durante el día sus calles empinadas están repletas de talleres artesanos, jóvenes creadores, tascas y un amiente familiar, que cambia radicalmente cuando llega la noche y el Bairro Alto se anima a ritmo de pubs, fados, clubes y jazz.

Así que a media tarde nos dirigimos al Bairro Alto para escuchar el cante del fado. Para llegar de la forma más placentera, lo mejor será coger cualquier medio de transporte, autobús o tranvía, que nos deje por la plaza de Luis Camôes y después ir a pie por calles como la Rua de Atalaia, quizás la principal o al menos la que más locales contiene, junto a las parelelas y perpendiculares a ella.

Otra opción sería tomar el elevador da Gloria en la plaza Restauradores, una especie de tranvía que ayuda a sobrepasar el desnivel entre la zona baja y la alta de Lisboa, pero en estos momentos esta en obras de remodelación.

Las zonas verdes y su poesía
Por la ruta mencionada anteriormente llegamos a la Praça do Principe Real, una de las muchas zonas verdes que tiene esta ciudad. Al lado, en la Rua de la Escola Politécnica puede visitarse el Museo de Ciencias – antigua Universidad de ciencias de Lisboa – y el Jardín Botánico.

El Jardín Botánico se encuentra en el Parque Eduardo VII. Normalmente los turistas convencionales no suelen visitarlo, ya que hay muchas otras zonas más turísticas para ver, pero es una más que recomendable visita corta y bella si buscamos sumergirnos en la Lisboa más poética: este jardín combina estanques y grutas y es toda una aventura encontrar la parte dedicada a las plantas tropicales o, como la llaman allí, estufa caliente.

Además, es una maravilla para visitar en cualquier época del año, pues aunque ya lo hayas visto una vez, siempre se muestra diferente.

Y finalmente, de lleno por los “Barrios del fado”
Entramos por la Rua da Rosa y comenzamos a comprender con más intensidad las raíces del fado que bajaban a las calles y callejones más estrechos del Bairro Alto, alimentándose de los lamentos que allí se escuchaban, saliendo de las bocas de una gente parada en el tiempo para quien la vida era dura y los amores desdichados.

Ahí, precisamente, encontraremos la primera casa de fado y, antes de entrar en el restaurante típico “O Forcado”, se fija en la vidriera donde un nostálgico trovador recuerda épocas pasadas.

Observaremos también en las fotos de fadistas y guitarristas que allí suelen actuar. En cuanto a la comida., las cazuelitas de pescado son más que recomendables, y los precios no son desorbitados, o un arroz con Pulpo (arroz do polvo) de primero, y después un salmón o un lenguado.

La curiosidad nos llevará, por supuesto, a querer conocer otras casas de fado, y para ello podemos bajar por la Travessa da Boa Hora y torcer a nuestra derecha. Ésta se encuentra en la Rua do Diário de Noticias, en el número 107. En la fachada está escrito “Adega Mesquita”. Se trata de la más antigua casa de fado, y en el interior se respiran tanto el mundo del fado y de los toros.

La luz caliente escurre aterciopelada desde las linternas del techo e invita a una buena cena, en el que no falte el bacalao.

Aquí cuentan que se escucha el fado noche adentro y, viendo una cabeza de toro en la chimenea, el visitante percibe cómo están de íntimamente unidos estos dos aspectos del alma portuguesa: el fado y las corridas de toros.

Entre paredes donde se leen estrofas de poemas pintadas en azulejos, aparece la fadista Maria de Fátima, y precisamente entonces es más que probable que la Adega Mesquita sea tomada por su voz, mientras nosotros disfrutamos de “pretas o pretinhas”, es decir, cerveza negra en vaso de tercio o de caña, para que nos entendamos.

Si queremos aún ver más, nos dirigiremos después al Café Luso, célebre desde los años treinta. El Café Luso ocupa hoy las antiguas cocheras y bodegas del Palacio de S. Roque, uno de los edificios que resistió al terremoto de 1755. Las bóvedas originales se conservan allí desde el siglo XVII, y es también un espacio de cultura donde se prepararon y llevaron a cabo interesantes experiencias de síntesis entre el fado y el teatro.

Al oír el fado en el Café Luso uno se da cuenta de cómo la tradición vive en la voz de los más jóvenes fadistas.

Malta da corda
Y fue aquí precisamente, en el Café Luso, donde surgió una de las expresiones idiomáticas más usadas por los portugueses: “malta da corda”. Esta expresión designa un cierto tipo de personas que se distingue por preferir pasar desapercibido.

Cuando fue acuñada, servía para nombrar a los oyentes del fado del Café Luso que no tenían dinero suficiente para sentarse a la mesa: se quedaban al fondo de la sala, del otro lado de una cuerda que limitaba el espacio que podían ocupar. Fueron esos, los que querían escuchar el fado pero que no conseguían llegar a las mesas próximas a los fadistas, los que empezaron a ser conocidos como “a malta da corda”.

El Bairro Alto ofrece otras oportunidades para escuchar el fado, como la “Adega Machado”, el restaurante típico “Faia” y “Severa”. Pero también podemos optar por dejar el Bairro Alto, siguiendo en la dirección de Alcántara, camino del conocido restaurante típico Timpanas.

Por las calles de Alfama y el tranvía nocturno…
Situado en el número 22 de la Rua Gilberto Rola, el “Timpanas” invita el visitante a entrar en un característico patio lisboeta. Cruzamos un portón con rejas de hierro y nos fijaremos en el pavimento, de tipo portugués. Aquí, sin duda, el pescado fresco se vuelve también irresistible, así como la bodega. Cuando salimos del “Timpanas”, podemos continuar nuestra noche de fado en las calles de Alfama.

La noche ya estará adelantada cuando lleguemos allí y nos encontremos la “Taverna d’el-Rei”, en la misma plazuela situada delante de la “Casa do Fado”. Nada más entrar veremos a otra fadista vestida de blanco, con la dignidad y la osadía marcando sus pasos, en dirección al centro de la sala. Esta fadista se llama María Jô-Jô y, en el momento en que las luces disminuyen de intensidad, se cubre con un largo chal. ¡Silencio, que se va a cantar el fado!

La fadista cierra los ojos. Con la cabeza inclinada parece bajar a lo más hondo de su alma. Nos veremos nosotros también obligados a cerrar los ojos cuando, súbitamente, su voz irrumpe por la sala, dominando completamente el ambiente: la fadista cantará una nueva canción de amor y saudade, haciéndonos sentir muy adentro lo que es el fado. No se puede explicar.

Pero uno tiene que oírlo para percibir lo que es el dolor de la despedida y la desdichada vida de los marinos aventureros regresados de puertos distantes. El fado es, sobre todo, una canción que viajó por el mar. El puerto de Lisboa ha sido la puerta por donde el Fado entró.

Y si queremos aprovechar nuestra visita aún un poco más, se aconseja coger un tranvía antes de las doce de la noche y recorrer la ciudad nocturna. ¡Un paseo precioso! Sin duda, encontraremos interesante, sobre todo, la ruta este-oeste de la ciudad del tranvía 28 y podremos hacernos una idea mucho más clara de por qué desde la antigüedad ningún visitante ha podido escapar del encanto de Lisboa, y aún menos a la saudade cuando llega el momento de la partida. Así que es normal tener en la cabeza: volver a visitarla.

Autor: Juan Garcia Ruiz

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