El cigarro, enemigo de nuestra belleza

Actualmente fuma un 38,8% de la población femenina española mayor de 15 años. En los últimos 14 años el principal incremento del consumo de tabaco en España se ha producido entre el sector de población femenina. Pues bien, el tabaco no es sólo un pésimo aliado de nuestra salud, sino también de nuestra piel.

Las consecuencias del tabaquismo no sólo se traducen en una elevada mortalidad por cáncer de pulmón o enfermedad cardiovascular, sino que el consumo de cigarrillos tiene consecuencias estéticas y dermatológicas devastadoras. Y lo peor es que no sólo son malos los cigarrillos que se fuman, sino también los que consumen los demás. Tanto el humo que inhalamos como el que entra en contacto con la piel supone una verdadera agresión para ella.

El tabaco lesiona la piel de todo el cuerpo pero donde más se manifiesta este desgaste es en el rostro, porque se suman los efectos de los rayos ultravioletas del sol a los del tabaco. Provoca deshidratación de la epidermis y destrucción de las fibras elásticas de la dermis con la aparición de arrugas y envejecimiento cutáneo prematuros. Se agrega la asfixia celular por la disminución de la circulación capilar, apareciendo el cutis grisáceo y apagado.  Depósitos de nicotina y alquitranes en la superficie de la piel con poros dilatados. Y la congestión de los senos nasales con rinitis crónica que produce el humo, traen como consecuencia hinchazón de los párpados.

El envejecimiento prematuro en la piel se acentúa mucho más en las mujeres, debido a las características de nuestra piel, que suele ser más delicada que la de los hombres.

Todos estos agravantes en la piel se encuentran dentro de las características que definen la cara del fumador:
• Aspecto envejecido, con arrugas muy marcadas en el rostro y  mayor profundidad de las líneas de expresión.
• Semblante facial demacrado con prominencia de los huesos.
• Piel de apariencia atrofiada, opaca o grisácea.
• Manchas cutáneas púrpuras.

Las arrugas de las fumadoras son diferentes de las que presentan las no fumadoras. Las arrugas de los ojos de las fumadoras son más  estrechas y profundas, con contornos bien marcados, mientras que las mismas arrugas en las no fumadoras son bastante más abiertas y redondas. El color de la piel de las fumadoras no presenta el  color rosado característico del cutis sano y ofrece más bien una palidez cercana al amarillo grisáceo, por lo cual es raro que las fumadoras tengan mejillas rosadas, además de no enrojecer prácticamente nunca.

La relación del tabaco con las arrugas se manifiesta con claridad a partir de los 30 años. El gesto de aspirar el cigarrillo obliga a contraer los músculos alrededor de la boca que otorgan la movilidad a esa parte del rostro en forma de "o", lo cual provoca las arrugas en torno de los labios, naciendo así el famoso "código de barras".

Autor: Tania Martinez

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