Drogas… ¿Sospechas de tu hijo/a?

Has encontrado alguna vez droga en los pantalones de tu hijo o en la chaqueta de tu hija ¿Cómo has actuado? ¿Le preguntaste si era suyo? ¿Te respondió diciendo que se lo guardaba a un amigo suyo?

Es difícil enfrentarse a estas situaciones y muchos padres no saben a dónde acudir en busca de consejo. Hay padres que se comportan como dictadores, establecen un sin fin de normas que el hijo tiene que cumplir, son los padres “sobreprotectores”. En el polo opuesto encontramos a los padres que quieren ser los mejores amigos de sus hijos y no establecen ningún tipo de norma. Los padres “siempre jóvenes” piensan que poner normas puede deteriorar la relación con sus hijos.

Según Begoña del Pueyo y Alejandro Perales, periodistas y escritores de “¿Y si mi hijo se droga?”, aconsejan que hay que adoptar una postura intermedia. Establecer normas pero que sean justas, no desmedidas, y apostar por la responsabilidad de los hijos.

En su libro, con prólogo de Baltasar Garzón e introducción de Luís del Olmo, nos explican cuáles son los cinco motivos por los que un adolescente toma drogas (legales o ilegales): para sentirse adultos, para integrarse en un grupo, para relajarse y sentirse bien, por rebeldía y para satisfacer su curiosidad.

El diálogo es muy importante en el cerco familiar para evitar llegar a una situación extrema. Aunque comprobar que tu hijo es drogodependiente no es el final, sino el comienzo de la lucha para la desintoxicación. Por eso del Pueyo y Perales aconsejan que los padres no pierdan el tiempo sintiendo culpabilidad cuando descubran lo que les sucede a sus hijos.

Los padres que no estén en esta situación no deben bajar la guardia. Según datos del Plan Nacional sobre Drogas, más de un 36% de los menores de 18 años  fuman porros, casi un 6’8% han tomado cocaína y un 46% reconocen haberse emborrachado alguna vez. Nadie dijo que ser padre o madre era fácil.

La conducta de los padres influye en los hijos
Antes de llegar a esta situación límite, los padres pueden ayudar a sus hijos a no acercarse a las drogas con acciones muy simples. El libro “¿Y si mi hijo se droga?” Nos informa de que “el consumo inocuo de los padres es un ejemplo peligroso para los hijos”. Así, la percepción de los niños se deforma cuando ven a sus padres consumir pastillas muy a menudo por un dolor de cabeza o injerir una copa de alcohol cuando llegan a casa porque relaja… o gestos como pedir al niño que acerque un cenicero o una cerveza de la nevera pueden despertar la curiosidad del hijo/a.

Los orígenes de las drogas
Generalmente desconocemos el origen de las drogas que corren por las calles hoy en día. La mayoría de ellas fueron creadas por laboratorios farmacéuticos, por los gobiernos y por los ejércitos. Sin ir más lejos, las anfetaminas fueron creadas en el siglo XIX en un laboratorio químico y, entre otras cosas, se usó en los conflictos bélicos europeos para vencer el cansancio de los soldados y mejorar su rendimiento en las batallas. También las tomaron los kamikaces japoneses antes de estrellar sus aviones.

El éxtasis lo descubrió en 1912 la industria farmacéutica Merk mientras buscaban un fármaco inhibidor del apetito pero se abandonó por sus efectos psicoactivos. Pero décadas después fue recuperado por el ejército norteamericano para forzar a los prisioneros a declarar.

La ketamina es un anestésico de caballos que en la actualidad, de la misma forma que las anteriores, se usa como droga en las fiestas nocturnas. Su efecto son alucinaciones, que pueden durar hasta 3 días, y que hacen que el consumidor se vea fuera de su cuerpo o piense que se va a morir.

Así podríamos continuar la lista con drogas como el Polvo de Ángel, la cocaína, la heroína… que se venden en el mercado callejero y que están al alcance de cualquiera.

El consumo de drogas occidental destruye otros países
Aunque cueste entender esta relación, del Pueyo y Perales lo cuentan muy bien en su libro. En el Amazonas se cultivan grandes extensiones de cocaína ya que para obtener un solo kilogramo de esta droga hacen falta cuatro toneladas de hoja de coca. El problema es que la producción de coca es destructiva por el hecho de necesitar sustancias químicas muy agresivas.

“Se calcula que por cada hectárea de planta cultivada se vierten a la naturaleza 2.500 kilogramos de sustancias químicas tan letales como la lejía, el cemento, carbonatos o queroseno”, explican en su libro los dos periodistas.

Entre otros problemas que nuestro consumo origina en los países productores vamos a fijarnos en el de “los niños verdes”. Estos niños se  llaman a sí por el color que se les queda en la piel tras consumir la pasta base de coca. Los niños de la selva, hambrientos, son cebos fáciles que quedan enganchados irreversiblemente en la droga.

Autor: Regina Cruz

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