‘Crash’, una joya en bruto

Cualquiera que a estas alturas se disponga a hablar de Crash, debe dejar claro, ante todo, su posicionamiento respecto al tema de los Oscars: ¿Es Buena Crash? Sí. Excelente ¿Se merecía Crash el Oscar a la mejor película? ¿Quizá es mejor Crash que Brokeback Mountain? Rotundamente, no. Veamos el motivo.

Para Paul Thomas Anderson, director de obras como Magnolia o Boogie Nights, escribir un guión, es “como planchar: debes pasar una y otra vez por cada punto hasta que todo queda liso, perfecto”. Paul Haggis debería haber seguido este consejo, pues a la joya de Crash no le faltan quilates, pero le sobran aristas y arrugas. La película tiene dos objetivos claros: emocionar al espectador y mostrarle la tragedia del choque cultural en las sociedades actuales. Para ello nos transporta hasta la ciudad de Los Ángeles donde los caminos de los distintos personajes se cruzarán en colisiones de consecuencias catastróficas. Uno de los mejores valores de la cinta es que consigue transmitir un desasosiego y desesperación que harán aflorar nuestros sentimientos durante todo el metraje. Cuenta, además, con un plantel de actores en estado de gracia, e incluso consigue sacar lo mejor de una actriz tan pésima como Sandra Bullock.

Pero todo esto se ve empañado por la arbitrariedad y el poco realismo que destilan muchas de las situaciones ¿Alguien puede creer que en una ciudad de cuatro millones de habitantes, los personajes se encuentren, por lo menos, dos veces en un mismo día? ¿Por qué algunas de las mejores sorpresas de la película son tan previsibles? ¿Nadie se ha dado cuenta de la falsedad de la mayoría de los diálogos? ¿Como se puede explicar un número tan grande de casualidades?

Crash cuenta con una superficie realmente deslumbrante y apabullante, pero se nota en todo momento el estricto mecanismo subterráneo que hace que todo funcione. El director, temeroso de que el espectador no sea capaz, de extraer las conclusiones por si solo, arremete una y otra vez con su discurso moral hasta saturar. A mitad del metraje ya hemos entendido el mensaje (nada es lo que aparenta ser), pero el director sigue avasallándonos hasta el final, por si a alguien se le ha escapado.

Un trabajo más exhaustivo en la escritura del guión habría restado rigidez a una historia magnífica añadiéndole una dosis de realismo y humanidad que hubiesen convertido Crash en uno de los mejores dramas de toda la historia del cine. 

Y es en este punto donde la película pierde la batalla contra Brokeback Mountain. Hacia el final de la cinta de Ang Lee, un gesto simple, pequeño, absolutamente modesto, es capaz de evocar una sensibilidad y una ternura infinitas. En Crash, en cambio, todo es evidente, grande, espectacular y repetitivo.

Vayan al cine, vean la película y disfruten de ella como lo que es: una obra maravillosa que pudo haber sido perfecta. El tiempo pondrá a todos en su lugar, y no tengo miedo en afirmar que dentro de una década, Brokeback Mountain será un clásico del cine moderno, mientras que Crash será recordada como “la película que ganó el Oscar”.

Pese a situarse en un terreno movedizo entre el cine independiente y los engranajes de la industria de Hollywood, Crash está más cerca del cine comercial que de las salas de arte y ensayo. Por esto, y como su nombre avecina, la película está destinada a impactar, a ser rápida e intensa como un choque a toda velocidad. Durante hora y media dejará conmocionado al espectador, pero si mientras abandonamos la sala se nos ocurre mirar atrás, veremos que lo único que deja Crash a su paso es humo. Un humo que no tardará en disiparse y desaparecer sin dejar rastro.

Autor: Sergio Calle

Comparte esta noticia en

Escribe un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *